(Nota en somosinfancia.com.ar)
Hace más de 25 años que soy psicólogo y hace unos 15 que soy orientador familiar. Desde ese lugar, trabajo y pienso la educación sexual como un proceso que necesita tiempo, continuidad y presencia adulta. Los niños y adolescentes necesitan la posibilidad de hablar de estos temas, pero muchas veces los padres no tienen los elementos o no saben hasta dónde decir, qué decir o qué no decir.
En muchos hogares, cuando llega la pubertad o la adolescencia, aparece la sensación de que «no hay más temas» o la idea de que con una charlita alcanza. Y evidentemente no. La educación sexual es un proceso que lleva años y que necesita ser acompañado desde los primeros años de vida para que, cuando llegue la adolescencia, existan espacios reales de diálogo.
Nunca es tarde
Si ya tenés un hijo adolescente en casa, cualquier momento es válido para empezar. La idea es poder dar una base, pensar qué temas no pueden faltar en esas charlas y contar con una especie de guía: qué se puede decir en los primeros años de la infancia, qué temas abordar antes de la pubertad, cómo encarar los cambios físicos y emocionales que se producen en esa etapa y también qué cuestiones aparecen en la adolescencia atravesada por la imagen, las redes sociales y la realidad que estamos viviendo.
Primero los padres necesitan procesar estos temas, masticarlos, pensarlos, para después poder acercarse a sus hijos y hablar.
Los miedos que aparecen cuando hablamos de sexualidad
Muchas veces creemos que el sexo dejó de ser un tabú y esto no es cierto. En muchos padres sigue siendo un tema que incomoda, y también incomoda a muchos chicos que sus propios padres hablen de sexualidad. Por supuesto que hay familias donde estos temas circulan con naturalidad, y eso es muy valioso, pero no es lo más frecuente.
En relevamientos con chicos de alrededor de 15 años aparece algo que todavía sorprende: muchos no han hablado de sexualidad con sus padres. Y esto sucede aun cuando pensamos que en este siglo XXI todos sabemos que hay que hablar.
Una de las primeras cosas que tenemos que derribar es esa vergüenza o la idea de que la educación sexual es una lista de tareas: enseñarle a cepillarse los dientes, a andar en bicicleta y «darle la charla de sexo». No es una charla. En esa primera conversación muchas veces los chicos dicen que sí a todo, están incómodos o no tienen ganas de hablar, y los padres creen que con eso ya está, que no va a tener más dudas en toda su vida. Y no es así.
Los padres tenemos que romper la incomodidad, la vergüenza propia y también la de nuestros hijos. Muchas veces el miedo aparece asociado a las enfermedades de transmisión sexual o a los embarazos no deseados, pero si esperamos a los 15 o 16 años para hablar de eso, llegamos tarde.
La sexualidad no es solo genitalidad. Es generar un espacio de confianza y de diálogo abierto donde todos los temas puedan circular.
El cuerpo, el pudor y la confianza
Cuando los chicos son más pequeños, aparece algo fundamental: el cuidado del cuerpo, el respeto por la intimidad y la posibilidad de decir que no. Desde muy chicos hablamos del pudor, no desde el miedo ni desde la vergüenza, sino desde la idea de conservar la propia intimidad, de aprender qué mostrar y qué guardar.
El pudor no es solo un tema ligado al abuso, que claramente nos preocupa y nos asusta como padres, sino también algo que aparece en situaciones cotidianas, como el uso de las redes sociales. Muchas veces los chicos muestran todo, sin poder dimensionar lo que se genera del otro lado de la pantalla. La pregunta por la intimidad es la misma: qué hago con mi cuerpo, con mi imagen, con lo que muestro.
Cuando no se construye el pudor, cuando no se habla antes, los chicos pueden convertirse en presa fácil de abusadores o pedófilos. Por eso es tan importante hablar mucho antes, generar confianza, para que ante cualquier señal puedan avisar y los adultos podamos intervenir.
Revisar nuestra propia historia
Para poder hablar de sexualidad con nuestros hijos, primero tenemos que revisar nuestra propia historia. Cómo fue nuestra educación sexual, cómo se hablaba —o no se hablaba— en nuestra familia, qué situaciones nos resultaron incómodas.
La sexualidad cambió, y cambia todo el tiempo. No es lo mismo la adolescencia que vivimos nosotros que la que viven hoy nuestros hijos, atravesados por pantallas, redes y estímulos constantes. Incluso dentro de una misma familia, lo que sirvió con un hijo puede no servir con otro.
Por eso no alcanza con una única charla. Hay que hablar muchas veces, a lo largo de toda la vida. Estos temas no se terminan ni siquiera cuando los hijos ya son adultos.
Diálogo, no monólogo
Hablar de sexualidad es dialogar. No es leer un libro y repetirlo como un loro. Es ida y vuelta, es preguntar, escuchar, sostener silencios. A veces el silencio es más difícil que la palabra.
El diálogo no se genera en situaciones forzadas. Se construye en lo cotidiano: en el auto escuchando una canción, viendo una serie, comentando algo que pasó en la tele, en una conversación de mesa familiar. Todo eso puede ser un disparador para hablar.
No se trata de decir «vení que tengo que hablar con vos», sino de aprovechar lo que ya está pasando.
No tener todas las respuestas
Como padres no tenemos todas las respuestas, y está bien decirlo. Poder decir «esto no lo sé, lo buscamos juntos» es una fortaleza. Hoy la información está al alcance de la mano; lo que nos tiene que ocupar es la formación.
Formar en valores, en pensamiento crítico, en la posibilidad de buscar fuentes confiables, de tomar decisiones con libertad y responsabilidad. Eso es tarea de los padres.
Siempre se está a tiempo. Cuanto antes empecemos, mejor. Pero si no empezamos, es ahora. Si un hijo nunca pregunta, nunca habla, ahí hay un problema: lo que necesita saber lo está buscando en otro lado. Y no importa si tiene 15 años o 5. Si un niño no puede preguntar de dónde vienen los bebés, algo tan natural como la genitalidad, es una señal.
Hablar de sexualidad es hablar de la vida. Y esos espacios de diálogo siempre se pueden construir y mejorar.
German Debeljuh
Lic. En Psicología, Orientador Familiar, Docente

