martes, 14 de julio de 2026

La Amistad: Una mirada desde Aristóteles hasta la Psicología actual

La amistad es uno de los valores esenciales que, desde el comienzo de la humanidad, resulta sumamente necesario para nuestro bienestar. Esto lo sabemos casi de forma intuitiva por el solo hecho de vivir y construir nuestros propios vínculos, pero también está científicamente estudiado.
Existe un famoso estudio longitudinal de la Universidad de Harvard que comenzó en 1938 e investiga los factores de la felicidad. Tras más de 80 años analizando a generaciones de personas, la conclusión es contundente: más allá del dinero, del éxito o de la salud física, el valor principal que nos permite no solo ser felices, sino vivir más y mejor, son los vínculos sanos. Y la amistad se encuentra dentro de esos lazos privilegiados.
Sin embargo, hoy vemos en la sociedad situaciones en donde los vínculos de amistad no terminan de ser todo lo sólido que necesitamos. Tienden a ser bastante frágiles y débiles, y esa falta de solidez llega a un punto en el que nos lastima, nos duele y, por lo tanto, no nos permite ser felices.

Los tres niveles de la amistad según Aristóteles

Si buscamos la raíz de esta fragilidad actual, no hay más que remitirse a lo que ya decía Aristóteles en su momento; su tipología nos sigue interpelando. Él hablaba de tres tipos de amistad:
  1. La amistad por utilidad: Basada en un beneficio o interés mutuo.
  2. La amistad por placer: Centrada en pasarla bien, reírse y divertirse juntos.
  3. La amistad por valores: Aquella que constituye un vínculo significativo, profundo y enfocado en el respeto, la sinceridad y el bien del otro.
El escenario contemporáneo nos muestra una profunda necesidad de tener amistades sólidas, del tercer nivel. Tenemos tanta necesidad de ese tipo de amistad pero al darnos cuenta que implica un esfuerzo mayor y un riesgo muy alto de terminar sufriendo, muchas veces nos conformamos con amistades que solamente buscan la utilidad o el placer.
Hoy nos sentimos falsamente acompañados teniendo muchos contactos en las redes sociales, creyendo que tenemos un gran círculo de amigos. En realidad, los amigos verdaderos —los de este tercer nivel aristotélico— se cuentan con los dedos de una mano; no son ni cientos ni miles. Hemos confundido los conceptos.
Convivir en un ámbito de trabajo, hacer negocios o juntarse a compartir un momento de distracción es algo válido y necesario en la vida. El problema es cuando compartimos una mesa llena de gente, pero cuando miramos a nuestro alrededor y pensamos: «¿A quién de ellos le puedo decir realmente que estoy mal, que necesito un abrazo o contención?», nos damos cuenta de que a la mayoría no podemos hacerlo. Elegimos seguir riendo y dejamos el vínculo en un nivel superficial. Nos cuesta llegar a un nivel más profundo tanto en la amistad como en el amor, porque ambos comparten la misma lógica y calidad vincular.

El miedo a sufrir y los vínculos líquidos

Aristóteles aclaraba que la amistad perfecta incluye a las dos primeras; uno también se divierte y puede hacer proyectos con sus amigos profundos. Pero la perfección absoluta no existe en la realidad. En la vida cotidiana, sabemos 'con qué bueyes aramos'. Hay cosas íntimas que le vas a contar a un amigo y a otro no, tal vez porque sabés que para su estructura sería una carga demasiado pesada, y eso no le quita valor a la amistad. 
La construcción de un lazo maduro pasa por diferentes etapas: desde conocerse e identificar intereses comunes, hasta mudar el encuentro fuera de los ámbitos institucionales para abrir los espacios de la intimidad. Ahora bien, ¿por qué "nos conviene" conformarnos hoy con la fragilidad vincular? 
Creo que el gran problema de nuestra época es que nos cuesta mucho sufrir. Existe una baja tolerancia a la frustración que arranca desde que somos pequeños. Por miedo a sufrir, preferimos no involucrarnos a nivel profundo. Evitamos asumir el riesgo de experimentar una pérdida, el desamor o la traición.
Vivimos bajo la famosa frase de «finjo demencia», usándola como un mecanismo para esquivar las situaciones complejas y seguir adelante con nuestras cosas. Pero esa actitud inhabilita por completo la posibilidad de aprender del error. Creemos erróneamente que una armadura nos protege, cuando en realidad nos pone en un estado de mayor vulnerabilidad. Al no consolidar lazos significativos, perdemos fuerza porque nos quedamos sin puntos de apoyo emocionales. La falta de un propósito claro y la fragilidad de los lazos familiares y de amistad hacen que la vida misma se vuelva frágil.

El termómetro vincular y las banderas rojas

Siempre trato de transmitir que los amigos de verdad no necesariamente te hacen pasar un buen momento en el corto plazo, sino que buscan tu bien. Hay amistades con las que la pasas muy bien, pero terminas mal. 
El amigo real es el que se anima a ejercer la parresía (un concepto analizado por Foucault que define la valentía de decir la verdad): es aquel que te marca un límite y te dice una verdad incómoda, buscando el momento justo, porque se preocupa por vos. Muchas veces nos enojamos con ese amigo que nos advierte que estamos 'derrapando', y meses después nos damos cuenta de que nos estaba diciendo la 'posta' y no lo quisimos escuchar.
Para evaluar la salud de nuestras relaciones, podemos aplicar un 'termómetro' vincular muy sencillo:
  • Si ese vínculo te ayuda a crecer, a mejorar aspectos de tu vida y a encontrar la mejor versión de vos mismo, entonces vas por buen camino.
  • Si ese vínculo coarta tu libertad, absorbe tu energía, no te deja ser o te exige soportar el sufrimiento y la manipulación en nombre del afecto, tenés que salir de ahí cuanto antes.
El afecto sano —tanto en la amistad como en la pareja— no es incondicional ni se vive con los ojos cerrados; se vive con los ojos bien abiertos. Es vital aprender a identificar las banderas rojas a tiempo y no tolerar maltratos en nombre del amor. Un verdadero amigo va a aceptar tus límites; si no los acepta, sencillamente no es tu amigo.

El cultivo de la amistad y el dolor del lazo roto

La necesidad de conectar nos atraviesa a lo largo de toda la vida: es tan importante en la niñez como en la adolescencia, la adultez y en los adultos mayores. En las primeras etapas de la vida, la amistad requiere obligatoriamente de la presencialidad y del tiempo compartido en la escuela, el club, la iglesia o el barrio. 
Sin embargo, una vez que ese vínculo significativo se consolida fuertemente, se vuelve indestructible. Pueden pasar diez años sin verse en la cotidianidad, pero cuando se vuelven a encontrar, se funden en un abrazo y la conversación fluye como si hubiesen pasado apenas cinco minutos de la última vez que se vieron. Hoy las redes sociales son herramientas fantásticas si las usamos a nuestro favor para cultivar y cuidar esos vínculos.
Pero no todas la amistades duran 'para toda la vida', es interesante reflexionar sobre cuando la amistad, por alguna razón, se corta y comienza un duelo por el vínculo perdido. Curiosamente, en muchos casos, el duelo por la traición de un amigo suele ser mucho más pesado y complejo de procesar emocionalmente que el duelo por una muerte física.
La muerte es trágica, pero es irreversible. Al amigo significativo que muere lo sigo teniendo adentro mío; me acuerdo de una canción, me acompaña su recuerdo y me sigo preguntando qué me hubiera dicho ante tal o cual situación. Sigue estando presente y acompañando. 
En cambio, cuando un gran amigo te traiciona, el vínculo se rompe en un plano pero en la vida te lo vas a seguir cruzando. Asimilar que la confianza se destruyó causa un dolor mucho más profundo y aceptar que ya no forma parte de nuestra vida lleva tiempo.
Para cerrar, como dice el refrán popular: «No le pidas peras al olmo». El olmo nos puede dar un poco de leña y un poco de sombra, pero no nos va a dar peras. El problema es nuestro si le exigimos al otro algo que no nos puede dar. Conocer las limitaciones y la personalidad de nuestros amigos nos evita conflictos y frustraciones innecesarias. El verdadero valor del afecto consiste en conocer al otro para sacar su mejor versión, desterrando nuestras propias proyecciones e ideales para aprender a lidiar con las expectativas reales.

Algunos conceptos extraídos de la entrevista realizada en el Streaming Filobreros: La amistad

domingo, 1 de febrero de 2026

Educación sexual: hablar antes, hablar siempre

(Nota en somosinfancia.com.ar)

Hace más de 25 años que soy psicólogo y hace unos 15 que soy orientador familiar. Desde ese lugar, trabajo y pienso la educación sexual como un proceso que necesita tiempo, continuidad y presencia adulta. Los niños y adolescentes necesitan la posibilidad de hablar de estos temas, pero muchas veces los padres no tienen los elementos o no saben hasta dónde decir, qué decir o qué no decir.

En muchos hogares, cuando llega la pubertad o la adolescencia, aparece la sensación de que «no hay más temas» o la idea de que con una charlita alcanza. Y evidentemente no. La educación sexual es un proceso que lleva años y que necesita ser acompañado desde los primeros años de vida para que, cuando llegue la adolescencia, existan espacios reales de diálogo.

Nunca es tarde

Si ya tenés un hijo adolescente en casa, cualquier momento es válido para empezar. La idea es poder dar una base, pensar qué temas no pueden faltar en esas charlas y contar con una especie de guía: qué se puede decir en los primeros años de la infancia, qué temas abordar antes de la pubertad, cómo encarar los cambios físicos y emocionales que se producen en esa etapa y también qué cuestiones aparecen en la adolescencia atravesada por la imagen, las redes sociales y la realidad que estamos viviendo.

Primero los padres necesitan procesar estos temas, masticarlos, pensarlos, para después poder acercarse a sus hijos y hablar.

Los miedos que aparecen cuando hablamos de sexualidad

Muchas veces creemos que el sexo dejó de ser un tabú y esto no es cierto. En muchos padres sigue siendo un tema que incomoda, y también incomoda a muchos chicos que sus propios padres hablen de sexualidad. Por supuesto que hay familias donde estos temas circulan con naturalidad, y eso es muy valioso, pero no es lo más frecuente.

En relevamientos con chicos de alrededor de 15 años aparece algo que todavía sorprende: muchos no han hablado de sexualidad con sus padres. Y esto sucede aun cuando pensamos que en este siglo XXI todos sabemos que hay que hablar.

Una de las primeras cosas que tenemos que derribar es esa vergüenza o la idea de que la educación sexual es una lista de tareas: enseñarle a cepillarse los dientes, a andar en bicicleta y «darle la charla de sexo». No es una charla. En esa primera conversación muchas veces los chicos dicen que sí a todo, están incómodos o no tienen ganas de hablar, y los padres creen que con eso ya está, que no va a tener más dudas en toda su vida. Y no es así.

Los padres tenemos que romper la incomodidad, la vergüenza propia y también la de nuestros hijos. Muchas veces el miedo aparece asociado a las enfermedades de transmisión sexual o a los embarazos no deseados, pero si esperamos a los 15 o 16 años para hablar de eso, llegamos tarde.

La sexualidad no es solo genitalidad. Es generar un espacio de confianza y de diálogo abierto donde todos los temas puedan circular.

El cuerpo, el pudor y la confianza

Cuando los chicos son más pequeños, aparece algo fundamental: el cuidado del cuerpo, el respeto por la intimidad y la posibilidad de decir que no. Desde muy chicos hablamos del pudor, no desde el miedo ni desde la vergüenza, sino desde la idea de conservar la propia intimidad, de aprender qué mostrar y qué guardar.

El pudor no es solo un tema ligado al abuso, que claramente nos preocupa y nos asusta como padres, sino también algo que aparece en situaciones cotidianas, como el uso de las redes sociales. Muchas veces los chicos muestran todo, sin poder dimensionar lo que se genera del otro lado de la pantalla. La pregunta por la intimidad es la misma: qué hago con mi cuerpo, con mi imagen, con lo que muestro.

Cuando no se construye el pudor, cuando no se habla antes, los chicos pueden convertirse en presa fácil de abusadores o pedófilos. Por eso es tan importante hablar mucho antes, generar confianza, para que ante cualquier señal puedan avisar y los adultos podamos intervenir.

Revisar nuestra propia historia

Para poder hablar de sexualidad con nuestros hijos, primero tenemos que revisar nuestra propia historia. Cómo fue nuestra educación sexual, cómo se hablaba —o no se hablaba— en nuestra familia, qué situaciones nos resultaron incómodas.

La sexualidad cambió, y cambia todo el tiempo. No es lo mismo la adolescencia que vivimos nosotros que la que viven hoy nuestros hijos, atravesados por pantallas, redes y estímulos constantes. Incluso dentro de una misma familia, lo que sirvió con un hijo puede no servir con otro.

 Por eso no alcanza con una única charla. Hay que hablar muchas veces, a lo largo de toda la vida. Estos temas no se terminan ni siquiera cuando los hijos ya son adultos.

Diálogo, no monólogo

Hablar de sexualidad es dialogar. No es leer un libro y repetirlo como un loro. Es ida y vuelta, es preguntar, escuchar, sostener silencios. A veces el silencio es más difícil que la palabra.

El diálogo no se genera en situaciones forzadas. Se construye en lo cotidiano: en el auto escuchando una canción, viendo una serie, comentando algo que pasó en la tele, en una conversación de mesa familiar. Todo eso puede ser un disparador para hablar.

No se trata de decir «vení que tengo que hablar con vos», sino de aprovechar lo que ya está pasando.

No tener todas las respuestas

Como padres no tenemos todas las respuestas, y está bien decirlo. Poder decir «esto no lo sé, lo buscamos juntos» es una fortaleza. Hoy la información está al alcance de la mano; lo que nos tiene que ocupar es la formación.

Formar en valores, en pensamiento crítico, en la posibilidad de buscar fuentes confiables, de tomar decisiones con libertad y responsabilidad. Eso es tarea de los padres.

Siempre se está a tiempo. Cuanto antes empecemos, mejor. Pero si no empezamos, es ahora. Si un hijo nunca pregunta, nunca habla, ahí hay un problema: lo que necesita saber lo está buscando en otro lado. Y no importa si tiene 15 años o 5. Si un niño no puede preguntar de dónde vienen los bebés, algo tan natural como la genitalidad, es una señal.

Hablar de sexualidad es hablar de la vida. Y esos espacios de diálogo siempre se pueden construir y mejorar.

German Debeljuh

Lic. En Psicología, Orientador Familiar, Docente 

domingo, 18 de enero de 2026

El Dakar y la Psicología: No fueron 2 segundos

A quienes amamos el deporte, y el Rally Raid en particular, esta última edición del Dakar nos ha dejado más de una enseñanza. Cada actividad deportiva nos enseña muchísimas cosas que no solo se aplican al deporte en sí mismo, sino que también son aprendizajes para la vida.

La definición en la categoría de motos entre Luciano Benavides y Ricky Brabec, sin dudas, fue cinematográfica, pero lo más interesante es que fue real. Dos segundos separaron al campeón del subcampeón. La definición más ajustada en la historia del Dakar la tenía Kevin Benavides y era de solo 40 segundos: lo que tardaste en leer hasta acá. Ahora, la diferencia entre Luciano y Ricky es lo que tardaste en leer las palabras Rally Dakar. Increíble, pero real.

Sin dudas, este solo hecho nos deja muchas lecciones: valorar el tiempo, aprovechar el momento, no desperdiciar oportunidades, etc. Si seguiste la carrera (o no), sabrás (o te imaginarás) que hubo un sinnúmero de situaciones en las que ambos pilotos perdieron tiempo. 

De atrás para adelante, fue en milésimas de segundo que Ricky tuvo que optar por doblar a la derecha o a la izquierda a siete kilómetros del final, y tomó la decisión incorrecta. Hubo camellos que se cruzaron en el camino de Ricky, encajadas de Luciano en las dunas blandas, detenciones de Ricky para ayudar a un compañero, otros errores de navegación en ambos, estrategias de carrera que en su momento parecían válidas y que hoy se ven como desacertadas, etc. En fin, fueron casi 50 horas de carrera, 14 días de competencia, y todo se definió por 2 segundos.

Pero ¿fueron 2 segundos la diferencia? Mi respuesta es NO. No fueron 2 segundos. Fueron años de preparación para llegar a este momento. Fueron muchísimas decisiones tomadas a lo largo de la vida. Fueron muchas horas de entrenamiento, tanto físico como mental. Fueron muchas caídas, lecciones y obstáculos los que se presentaron a lo largo del camino. Fueron muchos triunfos, carreras ganadas, campeonatos obtenidos, alegrías compartidas. Fue mucho más que 2 segundos.

Luciano venía con “una de cal y una de arena”: venía con el antecedente de haber consagrado campeón mundial de Rally Raid, pero también tuvo una lesión el año pasado que no le permitió llegar al 100 % de su condición física. Sin embargo, se preparó para este Dakar. Todos los años de preparación previos, todas las enseñanzas aprendidas, todas las renuncias que tuvo que hacer, todas las horas de esfuerzo y sacrificio para prepararse física y mentalmente, toda la experiencia propia y la compartida con su hermano Kevin y su equipo de trabajo le permitieron lograr lo que solo otro argentino había logrado: alzar el premio mayor de la carrera más difícil del mundo. Ese “otro argentino” es su hermano. Pero de él voy a volver a hablar al final.

Toda esa preparación le permitió no rendirse, no bajar los brazos, estar concentrado al 100 % en la navegación —literal— hasta el último kilómetro. Y demuestra, sin lugar a dudas, que la preparación psicológica es, incluso, más importante que la preparación física. Que manejar las emociones es la clave del éxito. Que mantener una actitud positiva, aún en la adversidad, mejora el estado y permite estar más enfocado. Que hasta que no baja la bandera a cuadros no está todo dicho.

Y cada una de estas enseñanzas es aplicable a nuestra vida cotidiana. Todos tenemos un Dakar que correr. Todos tenemos momentos de incertidumbre y de dificultad, y en esos momentos podemos aplicar todo lo que Luciano aplicó a lo largo de este Dakar: enfocarnos en la meta, creer en uno mismo y trabajar para lograr nuestro sueño.

Y si no tenés sueños que cumplir, ¿qué esperás para soñar? Esos “sueños” se convierten en proyectos de vida que transforman tu vida y que te permitirán encontrar la felicidad a lo largo del camino. Luciano se lo propuso y hoy su sueño se convirtió en realidad. Pero no lo logró por 2 segundos, lo logró por todo ese tiempo que le dedicó a lo largo de sus 30 años en la construcción de este sueño que hoy es una realidad.

Y estos últimos párrafos se los quiero dedicar a Kevin. Tuvo que reinventarse porque no podía seguir corriendo en motos. Lo intentó el último Dakar y tomó la decisión de cambiar a los UTV. Se preparó todo el año para llegar a este Dakar. Toda la experiencia adquirida a lo largo de estos años la aplicó a manejar un vehículo de cuatro ruedas. Debutó y lo hizo muy bien. Ganó varias etapas y se mantuvo en el top ten de una categoría muy exigente.

En el momento en que su hermano Luciano lograba la victoria más importante de su vida, Kevin estaba ahí. Las diferencias de horarios de largadas de las distintas categorías le permitieron a Kevin ver todo el recorrido que iba haciendo su hermano y esperarlo en la llegada. Ahí enterarse de que había ganado por 2 segundos. Ahí abrazarlo y emocionarse hasta las lágrimas. Ahí fusionar su alma con la de su hermano, en un momento que le revivió todo lo que él sintió en los dos Dakar que ganó.

Pero luego de vivir ese momento de éxtasis absoluto, de haber sentido que su corazón se salía del cuerpo y que las emociones eran un torbellino, se colocó el casco y se enfocó en lo que tenía que hacer: salir a correr su última etapa del Dakar. ¿Y saben lo que pasó? La ganó.

De eso se trata cuando se dice lo importante de manejar las emociones, de usar la inteligencia y la voluntad, de enfocarse en el presente, y de tantas otras cuestiones que la psicología viene diciendo hace rato y que hoy la neurociencia afirma con muchísima fuerza.

Aprendamos de estas experiencias. Apliquemos lo que el deporte enseña en nuestra vida cotidiana. Siempre estamos a tiempo. Nunca es tarde. Y no te olvides de lo que hoy nos enseñó Luciano Benavidez: ¡2 segundos te pueden cambiar la vida!


Foto: Reuters

jueves, 6 de noviembre de 2025

Prólogo de la Reedición del libro "Sexualidad: ¡Hablemos!"

Pasaron 14 años de la primera edición de este libro. Mucho tiempo, muchos cambios sociales y culturales, muchas capacitaciones compartidas con padres y alumnos, muchas charlas con adolescentes, jóvenes y adultos. Y si bien es momento de revisar algunos aspectos de la primera edición, uno se da cuenta de que lo más importante no cambia. La necesidad de seguir hablando con nuestros hijos es más imperiosa que nunca.

Después de la publicación del libro, continuaron las clases con adolescentes, los talleres para padres, las charlas abiertas a la comunidad, las presentaciones en eventos, etc. Tuve invitaciones desde Jardines de Infantes, escuelas primarias y secundarias, hasta en Universidades. La conclusión sigue siendo la misma: de sexo se habla mucho, pero de sexualidad se habla poco.

A lo largo de este recorrido, me di cuenta de que ‘Sexualidad: ¡Hablemos!’ se mantiene vigente como base para comenzar a hablar con nuestros hijos. El norte no cambió de lugar, a pesar de todas las transformaciones que presenciamos en el mundo actual. Y si pensamos en los valores que queremos transmitir en la formación de nuestros hijos siguen siendo los mismos, no cambian con el paso del tiempo.

Sin embargo, siempre es preciso informarse, actualizar algunos conceptos, revisar estadísticas y estar abierto a nuevas perspectivas, pero considero clave mantener la mirada amplia de la sexualidad, con todas sus dimensiones. Evitar los reduccionismos es una tarea a tener en cuenta por parte de los padres y educadores.

En tiempos donde se habla mucho de la diversidad, no podemos perder de vista que todos y cada uno de nosotros somos diferentes, y el respeto por el otro, por el solo hecho de ser persona, no se negocia. Pero nuestro deber como educadores es mostrar ese norte que consideramos valioso para nuestros hijos y educandos.   

Todos consideramos importante generar una base segura en lo afectivo desde los primeros años de vida -incluso antes de nacer- para el desarrollo de nuestros hijos. De igual modo, es preciso construir un pilar firme en valores para el desarrollo pleno de sus potencialidades y brindarles herramientas que le permitan alcanzar el bienestar y la felicidad.

Desde esta postura, vuelvo a revisar este libro, ampliar algunos temas, modificar otros, pero con la intención de seguir ayudando a padres y a educadores a hablar de sexualidad. Sus hijos y alumnos están ávidos de espacios de escucha y formación, aunque lo nieguen o disimulen, no claudiquemos en nuestra tarea de educar en valores y… de ‘Sexualidad: ¡Hablemos!’


sábado, 20 de enero de 2024

No dejes para mañana...

La propuesta es ponemos a pensar en esta frase popular que todos, seguramente, podremos completar sin mayores dificultades. No existe consenso sobre el origen de esta expresión, pero la sabiduría popular la ha mantenido viva hasta nuestros días, en diferentes idiomas y en distintas culturas. 

Sin duda que estamos frente a la idea que es mejor hacer las tareas que podamos realizar hoy sin postergarlas para mañana. Esta idea esta íntimamente relacionado con el concepto de "procrastinación", que se refiere a la tendencia a posponer o retrasar actividades o tareas, a pesar de saber las posibles consecuencias negativas de no hacer nada. De hecho, la etimología de la palabra "procrastinación" proviene del latín "procrastinatio", que está compuesta por "pro-", que significa "a favor de", y "crastinus", que significa "mañana". En conjunto, "procrastinatio" se traduce como "postergar hasta el día siguiente" o "dejar para mañana". 

Cuando esta actitud se convierte en un hábito de postergar permanentemente nuestras necesidades, nuestras tareas, incluso ideas, proyectos y sueños, estamos en problemas. Todo queda en el plano del pensamiento y nunca llegan a transformarse en acción, termina generando un sensación de angustia y de vacío. Una frustración creciente por no poder avanzar. 

"No dejes para mañana...lo que puedas hacer hoy" es una invitación a que podamos dejar de lado ese pensamiento y pasar a la acción. Porque el pensar nos enrieda, nos deja como encajados, buscando mayor cantidad de alternativas, de ideas fantásticas, de mil maneras de hacerlo, pero no nos permite avanzar. Por lo tanto, cada día tendríamos que hacer algo, aunque sea una pequeña acción, que esté encadenada a ese proyecto, a ese objetivo final que nos hemos propuestos. 

Muchas veces el pensamiento de aquel que está anclado en la procrastinación es el miedo a equivocarnos, y eso nos hace buscar la opción "correcta", pero que no está escrita en ningún lado y nunca lo sabremos a priori. La idea es hacer algo hoy, a pesar del miedo dar un paso, y una vez realizada esa acción podríamos revisar si estuvo acertada y nos permitió avanzar hacia dónde queríamos ir o, en todo caso, sí tenemos que corregir la dirección. Siempre después de haber hecho algo, sabremos si vamos por buen camino o redireccionar. No necesariamente en el pensamiento lo sabremos y si en la acción tendremos la certeza del paso que dimos.

Pero me gustaría darle una vuelta más a esta expresión. Porque muchos puede estar atrapados en esta trampa pero otros pueden estar en otra trampa. Una trampa que no nos damos cuentas que estamos y cuando nos damos cuenta, muchas veces, es muy tarde. La trampa de hacer muchas cosas, todo el tiempo, e incluso "no dejar nada para mañana". 

El ritmo de vida de muchas personas los hace hacer todo "hoy", cumplir con todas las obligaciones, no dejar ninguna tarea, ocupando todo el tiempo sin darse cuenta que van haciendo otra lista, una lista de "pendientes" que tienen que ver con sus deseos más profundos. La lista de aquellas cosas que "queremos" hacer, no lo que "tenemos" que hacer. La emboscada es de estar haciendo tanto en nuestro trabajo, tanto por los demás, que no nos queda tiempo para nosotros mismos. Cumplir con tantas tareas como un mandato externo, no nos permite disfrutar de nuestra familia, de nuestros proyectos personales, de nuestros sueños. No hacer nada de esa lista también nos origina angustia, vacío y frustración. Esos "pendientes" que dejamos para mañana, en definitiva, le dan sentido a nuestra vida.

Buscar un punto de equilibrio no precisamente es fácil y sencillo, pero es el gran desafío para seguir buscando nuestra felicidad. No caer en la procrastinación, ni irnos al otro extremo de hacer todo ciegamente. Salir de ambas trampas. Por lo tanto, la invitación es superadora. "¡No dejes para mañana...lo que quieras hacer hoy!"

martes, 20 de diciembre de 2022

Otra lección de Messi: ¡Disfrutar la vida!

    Sin dudas que Messi nos ha dado muchas lecciones. Desde lo futbolístico, lo motivacional, ejemplo de superación, de familia, de liderazgo. Y tantos como podamos aprovechar para ser mejores personas. 

    Pero así como cuando perdimos la final del 2015 (o salimos SubCampeones de América, después de haber salido SubCampeones del Mundo pero parece que eso era poco o “nada”) escribí un artículo que decía “Lo que le pasa a Messi, te puede pasar a vos”, hoy quiero compartir una nueva reflexión. 

    En aquella reflexión, intentaba rescatar alguna idea que nos puede servir, en nuestra vida cotidiana, de un hecho deportivo o, mejor dicho, de un deportista extraordinario. Si tenes tiempo, te invito a leerla, pero si no…te la resumo. Todos veíamos en Messi su necesidad/obligación de ganar con la Selección Nacional como una presión que, a mi modesto entender, generaba un efecto paradojal, cuanto más lo intentaba más difícil se le hacía. Tal es así, que lo llevo a querer apartarse de la selección. Pero regresó y fue distinto.

    La gran diferencia, más allá de Scaloni y el grupo de jugadores, es que manejo la presión de otra manera. Sus palabras cambiaron, su actitud cambio, llevo al campo de juego la pasión que demostró en Barcelona. Y comenzó a divertirse, a jugar como un niño, rodeado de niños, con los que la pasaba bien dentro y fuera de la cancha, y a disfrutar de la vida. No es que no lo hacía antes, pero no lo podía hacer con la Selección.

    No quiero entrar en su vida personal. Tampoco quiero hablar de fútbol. Quiero rescatar algo que nos pueda servir a todos. Ustedes se dieron cuenta que en todos los partidos de la selección hasta la Copa América del 2019, Messi jugaba con el ceño fruncido. Solo se le iba esa expresión cuando convertía un gol. Pero durante los partidos de la última eliminatoria, Copa América y Copa del Mundo incluida, algo cambio en su rostro. Se lo vio relajado, disfrutando de cada momento, generando un liderazgo positivo con su equipo, entablando amistades sanas con sus compañeros, estableciendo un vínculo increíble con la hinchada, disfrutando a pleno de su familia. 

    Y ese fue el camino, disfrutar de la vida mejora el rendimiento en todos los aspectos de nuestra vida. Disfrutar plenamente de la vida nos hace mejores personas. El disfrutar aún del esfuerzo que implica el entrenar, el dedicarle horas a mejorar lo que hacemos, a sacrificar tiempo de otras cosas que también disfrutamos, pero que tenemos que acotar para poder disfrutar aún más de cada una en los momentos que corresponde. Exigirse al máximo en cada entrenamiento, y darse al máximo al llegar a casa. Creemos que “disfrutar” es solo pasarla bien. Pero todos sabemos el esfuerzo y los innumerables sacrificios que tuvo que hacer Lionel a lo largo de su vida para convertirse en quien es hoy.

Por eso aprendamos de esta nueva lección de Messi: Disfrutar de ser Campeón del Mundo, implicó muchísimos esfuerzos y sacrificios. La Vida nos enseña que cuanto mayor es el esfuerzo y el sacrificio que pusimos para lograr lo que queríamos, mayor es la satisfacción por haberlo logrado. Por eso, lo que le pasa ahora a Messi, también te puede servir a vos. Él tiene merecido disfrutar de este momento de su vida. Y vos? 





viernes, 31 de julio de 2020

"¡No compres un buzón!"

Cada vez se ven menos buzones en la vía pública pero si uno se pone a observar, cada tanto, encontramos la presencia de algún buzón del correo en las esquinas de la ciudad de Buenos Aires y en varias ciudades del país. Para aquellos que no saben de que estoy hablando, el servicio postal argentino (lo que hoy conocemos como “Correo Argentino”), instaló a partir del año 1858 buzones en la vía pública con el fin de facilitar el envio de cartas postales. Con la compra previa de estampillas, uno podía dejar una carta en estos buzones y el correo se ocupaba de recogerlas para enviarlas a su lugar de destino.

El lunfardo acuño la frase “Te vendieron un buzón” para hacer referencia a la estafa que más de un “vivo” hizo, haya por el comienzo del Siglo XX, vendiendo estos buzones que eran propiedad del Estado a algún ingenuo transeunte. Víctima de este “cuento del tío” las personas compraban algo que no se podía comercializar y que, más tarde, se daban cuenta del engaño.

Ahora bien, ¿qué tiene esto que ver con la psicología? Sin dudas que podemos encontrar una relación directa a tantas situaciones que nos pueden suceder en nuestras relaciones vinculares. ¿Acaso no hemos “comprado” elogios y palabras afectuosas de personas que no han sido sinceras con nosotros? ¿O cuántas veces hemos caído en “estafas emocionales”?

Los vínculos interpersonales no siempre se construyen sobre una base de sinceridad y la búsqueda del bien común. En muchos casos, nos podemos encontrar con personas que se acercan en busca de su propio bien, dispuestas a utilizar a otros para sus própositos, utilizando cualquier artilugio para conseguir lo que quieren. Son capaces de mentir, engañar y manipular al otro, y ese otro podes ser vos.

Claro que estamos hablando de relaciones “tóxicas” en donde nos “venden un buzón”.  Por lo tanto, surge la necesidad de estar atentos, de no abrirnos completamente a alguien que recién conocemos, a no mostrar nuestros puntos débiles sin estar seguros de la integridad del otro, a no quedar vulnerable frente a los demás.

Estar atento a todo esto, nos puede permitir reconocer que no todo lo que el otro me dice es una verdad revelada. Lo que me dice puede ser un nuevo “cuento del tío”, un engaño para hacer algo que no queremos o, que más tarde que temprano, nos vamos a arrepentir al descubrir esa trampa.

Una sana manera de evitar caer en este tipo de engaño es conocerse a sí mismo y, fundamentalmente, aceptarse, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Confrontar lo que el otro dice con lo que nosotros somos. Y no “comprar” todo, sin realizar un discernimiento previo.

También, podemos encontrarnos con personas que nos conocen y utilizan el conocimiento de nuestras debilidades para aprovecharse de nosotros, para usarlo en su beneficio. Y en este caso, es más difícil no “comprar” un buzón porque “tienen razón”. Pero no siempre es así, utilizan esas debilidades para construir un razonamiento que suele ser falaz y arbitrario. Y aunque tenga una cierta lógica, nuevamente, tendremos que utilizar nuestro discernimiento para descubrir si no hay un engaño detrás.

Una buena manera de descubrir a los “vendedores de buzones” es saber que siempre se colocan en el lugar de víctima. Comienzan ellos siendo la “supuesta” víctima pero terminas vos siendo la víctima “real”. Luego, deforman la realidad. Claro está que esa deformación es sutil. Al igual que en el “cuento del tío” al que hacemos referencia, el buzón existe pero no es de su propiedad, en situaciones vinculares puede ser que exista algo real pero será deformado en función de construir el engaño. Por supuesto, que prima su interés personal, en ningún momento tiene en cuenta tus intereses, tienen una eximia habilidad para la manipulación y hará despertar en vos, antes y después, sentimientos de culpa.

A esta altura de tu vida, seguramente ya habrás comprado algún buzón. No podemos hacer demasiado con esos buzones. No sigas cargando con esa “culpa”, tómalo como un aprendizaje para tu vida. Pero es preciso que te des cuenta de estas situaciones vividas y que puedas identificar cuando quieren venderte un “buzón” y puedas decir: “No compro buzones”.