La amistad es uno de los valores esenciales que, desde el comienzo de la humanidad, resulta sumamente necesario para nuestro bienestar. Esto lo sabemos casi de forma intuitiva por el solo hecho de vivir y construir nuestros propios vínculos, pero también está científicamente estudiado.
Existe un famoso estudio longitudinal de la Universidad de Harvard que comenzó en 1938 e investiga los factores de la felicidad. Tras más de 80 años analizando a generaciones de personas, la conclusión es contundente: más allá del dinero, del éxito o de la salud física, el valor principal que nos permite no solo ser felices, sino vivir más y mejor, son los vínculos sanos. Y la amistad se encuentra dentro de esos lazos privilegiados.
Sin embargo, hoy vemos en la sociedad situaciones en donde los vínculos de amistad no terminan de ser todo lo sólido que necesitamos. Tienden a ser bastante frágiles y débiles, y esa falta de solidez llega a un punto en el que nos lastima, nos duele y, por lo tanto, no nos permite ser felices.
Los tres niveles de la amistad según Aristóteles
Si buscamos la raíz de esta fragilidad actual, no hay más que remitirse a lo que ya decía Aristóteles en su momento; su tipología nos sigue interpelando. Él hablaba de tres tipos de amistad:
- La amistad por utilidad: Basada en un beneficio o interés mutuo.
- La amistad por placer: Centrada en pasarla bien, reírse y divertirse juntos.
- La amistad por valores: Aquella que constituye un vínculo significativo, profundo y enfocado en el respeto, la sinceridad y el bien del otro.
El escenario contemporáneo nos muestra una profunda necesidad de tener amistades sólidas, del tercer nivel. Tenemos tanta necesidad de ese tipo de amistad pero al darnos cuenta que implica un esfuerzo mayor y un riesgo muy alto de terminar sufriendo, muchas veces nos conformamos con amistades que solamente buscan la utilidad o el placer.
Hoy nos sentimos falsamente acompañados teniendo muchos contactos en las redes sociales, creyendo que tenemos un gran círculo de amigos. En realidad, los amigos verdaderos —los de este tercer nivel aristotélico— se cuentan con los dedos de una mano; no son ni cientos ni miles. Hemos confundido los conceptos.
Convivir en un ámbito de trabajo, hacer negocios o juntarse a compartir un momento de distracción es algo válido y necesario en la vida. El problema es cuando compartimos una mesa llena de gente, pero cuando miramos a nuestro alrededor y pensamos: «¿A quién de ellos le puedo decir realmente que estoy mal, que necesito un abrazo o contención?», nos damos cuenta de que a la mayoría no podemos hacerlo. Elegimos seguir riendo y dejamos el vínculo en un nivel superficial. Nos cuesta llegar a un nivel más profundo tanto en la amistad como en el amor, porque ambos comparten la misma lógica y calidad vincular.
El miedo a sufrir y los vínculos líquidos
Aristóteles aclaraba que la amistad perfecta incluye a las dos primeras; uno también se divierte y puede hacer proyectos con sus amigos profundos. Pero la perfección absoluta no existe en la realidad. En la vida cotidiana, sabemos 'con qué bueyes aramos'. Hay cosas íntimas que le vas a contar a un amigo y a otro no, tal vez porque sabés que para su estructura sería una carga demasiado pesada, y eso no le quita valor a la amistad.
La construcción de un lazo maduro pasa por diferentes etapas: desde conocerse e identificar intereses comunes, hasta mudar el encuentro fuera de los ámbitos institucionales para abrir los espacios de la intimidad. Ahora bien, ¿por qué "nos conviene" conformarnos hoy con la fragilidad vincular?
Creo que el gran problema de nuestra época es que nos cuesta mucho sufrir. Existe una baja tolerancia a la frustración que arranca desde que somos pequeños. Por miedo a sufrir, preferimos no involucrarnos a nivel profundo. Evitamos asumir el riesgo de experimentar una pérdida, el desamor o la traición.
Vivimos bajo la famosa frase de «finjo demencia», usándola como un mecanismo para esquivar las situaciones complejas y seguir adelante con nuestras cosas. Pero esa actitud inhabilita por completo la posibilidad de aprender del error. Creemos erróneamente que una armadura nos protege, cuando en realidad nos pone en un estado de mayor vulnerabilidad. Al no consolidar lazos significativos, perdemos fuerza porque nos quedamos sin puntos de apoyo emocionales. La falta de un propósito claro y la fragilidad de los lazos familiares y de amistad hacen que la vida misma se vuelva frágil.
El termómetro vincular y las banderas rojas
Siempre trato de transmitir que los amigos de verdad no necesariamente te hacen pasar un buen momento en el corto plazo, sino que buscan tu bien. Hay amistades con las que la pasas muy bien, pero terminas mal.
El amigo real es el que se anima a ejercer la parresía (un concepto analizado por Foucault que define la valentía de decir la verdad): es aquel que te marca un límite y te dice una verdad incómoda, buscando el momento justo, porque se preocupa por vos. Muchas veces nos enojamos con ese amigo que nos advierte que estamos 'derrapando', y meses después nos damos cuenta de que nos estaba diciendo la 'posta' y no lo quisimos escuchar.
Para evaluar la salud de nuestras relaciones, podemos aplicar un 'termómetro' vincular muy sencillo:
- Si ese vínculo te ayuda a crecer, a mejorar aspectos de tu vida y a encontrar la mejor versión de vos mismo, entonces vas por buen camino.
- Si ese vínculo coarta tu libertad, absorbe tu energía, no te deja ser o te exige soportar el sufrimiento y la manipulación en nombre del afecto, tenés que salir de ahí cuanto antes.
El afecto sano —tanto en la amistad como en la pareja— no es incondicional ni se vive con los ojos cerrados; se vive con los ojos bien abiertos. Es vital aprender a identificar las banderas rojas a tiempo y no tolerar maltratos en nombre del amor. Un verdadero amigo va a aceptar tus límites; si no los acepta, sencillamente no es tu amigo.
El cultivo de la amistad y el dolor del lazo roto
La necesidad de conectar nos atraviesa a lo largo de toda la vida: es tan importante en la niñez como en la adolescencia, la adultez y en los adultos mayores. En las primeras etapas de la vida, la amistad requiere obligatoriamente de la presencialidad y del tiempo compartido en la escuela, el club, la iglesia o el barrio.
Sin embargo, una vez que ese vínculo significativo se consolida fuertemente, se vuelve indestructible. Pueden pasar diez años sin verse en la cotidianidad, pero cuando se vuelven a encontrar, se funden en un abrazo y la conversación fluye como si hubiesen pasado apenas cinco minutos de la última vez que se vieron. Hoy las redes sociales son herramientas fantásticas si las usamos a nuestro favor para cultivar y cuidar esos vínculos.
Pero no todas la amistades duran 'para toda la vida', es interesante reflexionar sobre cuando la amistad, por alguna razón, se corta y comienza un duelo por el vínculo perdido. Curiosamente, en muchos casos, el duelo por la traición de un amigo suele ser mucho más pesado y complejo de procesar emocionalmente que el duelo por una muerte física.
La muerte es trágica, pero es irreversible. Al amigo significativo que muere lo sigo teniendo adentro mío; me acuerdo de una canción, me acompaña su recuerdo y me sigo preguntando qué me hubiera dicho ante tal o cual situación. Sigue estando presente y acompañando.
En cambio, cuando un gran amigo te traiciona, el vínculo se rompe en un plano pero en la vida te lo vas a seguir cruzando. Asimilar que la confianza se destruyó causa un dolor mucho más profundo y aceptar que ya no forma parte de nuestra vida lleva tiempo.
Para cerrar, como dice el refrán popular: «No le pidas peras al olmo». El olmo nos puede dar un poco de leña y un poco de sombra, pero no nos va a dar peras. El problema es nuestro si le exigimos al otro algo que no nos puede dar. Conocer las limitaciones y la personalidad de nuestros amigos nos evita conflictos y frustraciones innecesarias. El verdadero valor del afecto consiste en conocer al otro para sacar su mejor versión, desterrando nuestras propias proyecciones e ideales para aprender a lidiar con las expectativas reales.