martes, 14 de julio de 2026

La Amistad: Una mirada desde Aristóteles hasta la Psicología actual

La amistad es uno de los valores esenciales que, desde el comienzo de la humanidad, resulta sumamente necesario para nuestro bienestar. Esto lo sabemos casi de forma intuitiva por el solo hecho de vivir y construir nuestros propios vínculos, pero también está científicamente estudiado.
Existe un famoso estudio longitudinal de la Universidad de Harvard que comenzó en 1938 e investiga los factores de la felicidad. Tras más de 80 años analizando a generaciones de personas, la conclusión es contundente: más allá del dinero, del éxito o de la salud física, el valor principal que nos permite no solo ser felices, sino vivir más y mejor, son los vínculos sanos. Y la amistad se encuentra dentro de esos lazos privilegiados.
Sin embargo, hoy vemos en la sociedad situaciones en donde los vínculos de amistad no terminan de ser todo lo sólido que necesitamos. Tienden a ser bastante frágiles y débiles, y esa falta de solidez llega a un punto en el que nos lastima, nos duele y, por lo tanto, no nos permite ser felices.

Los tres niveles de la amistad según Aristóteles

Si buscamos la raíz de esta fragilidad actual, no hay más que remitirse a lo que ya decía Aristóteles en su momento; su tipología nos sigue interpelando. Él hablaba de tres tipos de amistad:
  1. La amistad por utilidad: Basada en un beneficio o interés mutuo.
  2. La amistad por placer: Centrada en pasarla bien, reírse y divertirse juntos.
  3. La amistad por valores: Aquella que constituye un vínculo significativo, profundo y enfocado en el respeto, la sinceridad y el bien del otro.
El escenario contemporáneo nos muestra una profunda necesidad de tener amistades sólidas, del tercer nivel. Tenemos tanta necesidad de ese tipo de amistad pero al darnos cuenta que implica un esfuerzo mayor y un riesgo muy alto de terminar sufriendo, muchas veces nos conformamos con amistades que solamente buscan la utilidad o el placer.
Hoy nos sentimos falsamente acompañados teniendo muchos contactos en las redes sociales, creyendo que tenemos un gran círculo de amigos. En realidad, los amigos verdaderos —los de este tercer nivel aristotélico— se cuentan con los dedos de una mano; no son ni cientos ni miles. Hemos confundido los conceptos.
Convivir en un ámbito de trabajo, hacer negocios o juntarse a compartir un momento de distracción es algo válido y necesario en la vida. El problema es cuando compartimos una mesa llena de gente, pero cuando miramos a nuestro alrededor y pensamos: «¿A quién de ellos le puedo decir realmente que estoy mal, que necesito un abrazo o contención?», nos damos cuenta de que a la mayoría no podemos hacerlo. Elegimos seguir riendo y dejamos el vínculo en un nivel superficial. Nos cuesta llegar a un nivel más profundo tanto en la amistad como en el amor, porque ambos comparten la misma lógica y calidad vincular.

El miedo a sufrir y los vínculos líquidos

Aristóteles aclaraba que la amistad perfecta incluye a las dos primeras; uno también se divierte y puede hacer proyectos con sus amigos profundos. Pero la perfección absoluta no existe en la realidad. En la vida cotidiana, sabemos 'con qué bueyes aramos'. Hay cosas íntimas que le vas a contar a un amigo y a otro no, tal vez porque sabés que para su estructura sería una carga demasiado pesada, y eso no le quita valor a la amistad. 
La construcción de un lazo maduro pasa por diferentes etapas: desde conocerse e identificar intereses comunes, hasta mudar el encuentro fuera de los ámbitos institucionales para abrir los espacios de la intimidad. Ahora bien, ¿por qué "nos conviene" conformarnos hoy con la fragilidad vincular? 
Creo que el gran problema de nuestra época es que nos cuesta mucho sufrir. Existe una baja tolerancia a la frustración que arranca desde que somos pequeños. Por miedo a sufrir, preferimos no involucrarnos a nivel profundo. Evitamos asumir el riesgo de experimentar una pérdida, el desamor o la traición.
Vivimos bajo la famosa frase de «finjo demencia», usándola como un mecanismo para esquivar las situaciones complejas y seguir adelante con nuestras cosas. Pero esa actitud inhabilita por completo la posibilidad de aprender del error. Creemos erróneamente que una armadura nos protege, cuando en realidad nos pone en un estado de mayor vulnerabilidad. Al no consolidar lazos significativos, perdemos fuerza porque nos quedamos sin puntos de apoyo emocionales. La falta de un propósito claro y la fragilidad de los lazos familiares y de amistad hacen que la vida misma se vuelva frágil.

El termómetro vincular y las banderas rojas

Siempre trato de transmitir que los amigos de verdad no necesariamente te hacen pasar un buen momento en el corto plazo, sino que buscan tu bien. Hay amistades con las que la pasas muy bien, pero terminas mal. 
El amigo real es el que se anima a ejercer la parresía (un concepto analizado por Foucault que define la valentía de decir la verdad): es aquel que te marca un límite y te dice una verdad incómoda, buscando el momento justo, porque se preocupa por vos. Muchas veces nos enojamos con ese amigo que nos advierte que estamos 'derrapando', y meses después nos damos cuenta de que nos estaba diciendo la 'posta' y no lo quisimos escuchar.
Para evaluar la salud de nuestras relaciones, podemos aplicar un 'termómetro' vincular muy sencillo:
  • Si ese vínculo te ayuda a crecer, a mejorar aspectos de tu vida y a encontrar la mejor versión de vos mismo, entonces vas por buen camino.
  • Si ese vínculo coarta tu libertad, absorbe tu energía, no te deja ser o te exige soportar el sufrimiento y la manipulación en nombre del afecto, tenés que salir de ahí cuanto antes.
El afecto sano —tanto en la amistad como en la pareja— no es incondicional ni se vive con los ojos cerrados; se vive con los ojos bien abiertos. Es vital aprender a identificar las banderas rojas a tiempo y no tolerar maltratos en nombre del amor. Un verdadero amigo va a aceptar tus límites; si no los acepta, sencillamente no es tu amigo.

El cultivo de la amistad y el dolor del lazo roto

La necesidad de conectar nos atraviesa a lo largo de toda la vida: es tan importante en la niñez como en la adolescencia, la adultez y en los adultos mayores. En las primeras etapas de la vida, la amistad requiere obligatoriamente de la presencialidad y del tiempo compartido en la escuela, el club, la iglesia o el barrio. 
Sin embargo, una vez que ese vínculo significativo se consolida fuertemente, se vuelve indestructible. Pueden pasar diez años sin verse en la cotidianidad, pero cuando se vuelven a encontrar, se funden en un abrazo y la conversación fluye como si hubiesen pasado apenas cinco minutos de la última vez que se vieron. Hoy las redes sociales son herramientas fantásticas si las usamos a nuestro favor para cultivar y cuidar esos vínculos.
Pero no todas la amistades duran 'para toda la vida', es interesante reflexionar sobre cuando la amistad, por alguna razón, se corta y comienza un duelo por el vínculo perdido. Curiosamente, en muchos casos, el duelo por la traición de un amigo suele ser mucho más pesado y complejo de procesar emocionalmente que el duelo por una muerte física.
La muerte es trágica, pero es irreversible. Al amigo significativo que muere lo sigo teniendo adentro mío; me acuerdo de una canción, me acompaña su recuerdo y me sigo preguntando qué me hubiera dicho ante tal o cual situación. Sigue estando presente y acompañando. 
En cambio, cuando un gran amigo te traiciona, el vínculo se rompe en un plano pero en la vida te lo vas a seguir cruzando. Asimilar que la confianza se destruyó causa un dolor mucho más profundo y aceptar que ya no forma parte de nuestra vida lleva tiempo.

Los cuatro pilares del sentido de la vida

Para entender cómo protegernos de la pseudoseguridad que nos aísla, resulta sumamente iluminador recurrir a Arthur Brooks, un reconocido investigador de la Universidad de Harvard. Él postula que para construir una vida plena y feliz, las personas necesitamos sostener nuestra existencia sobre cuatro pilares fundamentales de manera equilibrada:
  1. El trabajo: Entendido como actividad productiva y de desarrollo.
  2. La familia: Como núcleo primario de contención.
  3. La amistad: Esos lazos sólidos de los que venimos hablando.
  4. La fe o trascendencia: La conexión con un propósito claro, una meta o un sentido superior que guíe nuestro camino.
Cuando las personas no logran consolidar estos pilares, la existencia se vuelve sumamente precaria. Ya en los años 90, cuando estudiaba en la facultad, comenzó la pandemia del VIH. Pero las investigaciones y los avances en los tratamientos proyectaban que la gran crisis de salud del siglo XXI no sería el SIDA. En ese momento, se hablaba que la Pandemia para el Siglo XXI sería el suicidio, y hoy lo vemos reflejado en el aumento de casos y la pérdida del sentido de la vida en muchísimas personas. 
Hoy vemos reflejada esa realidad: cuando una familia no está del todo presente y los amigos son frágiles o superficiales, la vida misma se torna débil. Por eso es vital forjar bases emocionales seguras que nos permitan soportar los fracasos de la cotidianidad.
Para cerrar, como dice el refrán popular: «No le pidas peras al olmo». El olmo nos puede dar un poco de leña y un poco de sombra, pero no nos va a dar peras. El problema es nuestro si le exigimos al otro algo que no nos puede dar. Conocer las limitaciones y la personalidad de nuestros amigos nos evita conflictos y frustraciones innecesarias. El verdadero valor del afecto consiste en conocer al otro para sacar su mejor versión, desterrando nuestras propias proyecciones e ideales para aprender a lidiar con las expectativas reales.

Algunos conceptos extraídos de la entrevista realizada en el Streaming Filobreros: La amistad

domingo, 1 de febrero de 2026

Educación sexual: hablar antes, hablar siempre

(Nota en somosinfancia.com.ar)

Hace más de 25 años que soy psicólogo y hace unos 15 que soy orientador familiar. Desde ese lugar, trabajo y pienso la educación sexual como un proceso que necesita tiempo, continuidad y presencia adulta. Los niños y adolescentes necesitan la posibilidad de hablar de estos temas, pero muchas veces los padres no tienen los elementos o no saben hasta dónde decir, qué decir o qué no decir.

En muchos hogares, cuando llega la pubertad o la adolescencia, aparece la sensación de que «no hay más temas» o la idea de que con una charlita alcanza. Y evidentemente no. La educación sexual es un proceso que lleva años y que necesita ser acompañado desde los primeros años de vida para que, cuando llegue la adolescencia, existan espacios reales de diálogo.

Nunca es tarde

Si ya tenés un hijo adolescente en casa, cualquier momento es válido para empezar. La idea es poder dar una base, pensar qué temas no pueden faltar en esas charlas y contar con una especie de guía: qué se puede decir en los primeros años de la infancia, qué temas abordar antes de la pubertad, cómo encarar los cambios físicos y emocionales que se producen en esa etapa y también qué cuestiones aparecen en la adolescencia atravesada por la imagen, las redes sociales y la realidad que estamos viviendo.

Primero los padres necesitan procesar estos temas, masticarlos, pensarlos, para después poder acercarse a sus hijos y hablar.

Los miedos que aparecen cuando hablamos de sexualidad

Muchas veces creemos que el sexo dejó de ser un tabú y esto no es cierto. En muchos padres sigue siendo un tema que incomoda, y también incomoda a muchos chicos que sus propios padres hablen de sexualidad. Por supuesto que hay familias donde estos temas circulan con naturalidad, y eso es muy valioso, pero no es lo más frecuente.

En relevamientos con chicos de alrededor de 15 años aparece algo que todavía sorprende: muchos no han hablado de sexualidad con sus padres. Y esto sucede aun cuando pensamos que en este siglo XXI todos sabemos que hay que hablar.

Una de las primeras cosas que tenemos que derribar es esa vergüenza o la idea de que la educación sexual es una lista de tareas: enseñarle a cepillarse los dientes, a andar en bicicleta y «darle la charla de sexo». No es una charla. En esa primera conversación muchas veces los chicos dicen que sí a todo, están incómodos o no tienen ganas de hablar, y los padres creen que con eso ya está, que no va a tener más dudas en toda su vida. Y no es así.

Los padres tenemos que romper la incomodidad, la vergüenza propia y también la de nuestros hijos. Muchas veces el miedo aparece asociado a las enfermedades de transmisión sexual o a los embarazos no deseados, pero si esperamos a los 15 o 16 años para hablar de eso, llegamos tarde.

La sexualidad no es solo genitalidad. Es generar un espacio de confianza y de diálogo abierto donde todos los temas puedan circular.

El cuerpo, el pudor y la confianza

Cuando los chicos son más pequeños, aparece algo fundamental: el cuidado del cuerpo, el respeto por la intimidad y la posibilidad de decir que no. Desde muy chicos hablamos del pudor, no desde el miedo ni desde la vergüenza, sino desde la idea de conservar la propia intimidad, de aprender qué mostrar y qué guardar.

El pudor no es solo un tema ligado al abuso, que claramente nos preocupa y nos asusta como padres, sino también algo que aparece en situaciones cotidianas, como el uso de las redes sociales. Muchas veces los chicos muestran todo, sin poder dimensionar lo que se genera del otro lado de la pantalla. La pregunta por la intimidad es la misma: qué hago con mi cuerpo, con mi imagen, con lo que muestro.

Cuando no se construye el pudor, cuando no se habla antes, los chicos pueden convertirse en presa fácil de abusadores o pedófilos. Por eso es tan importante hablar mucho antes, generar confianza, para que ante cualquier señal puedan avisar y los adultos podamos intervenir.

Revisar nuestra propia historia

Para poder hablar de sexualidad con nuestros hijos, primero tenemos que revisar nuestra propia historia. Cómo fue nuestra educación sexual, cómo se hablaba —o no se hablaba— en nuestra familia, qué situaciones nos resultaron incómodas.

La sexualidad cambió, y cambia todo el tiempo. No es lo mismo la adolescencia que vivimos nosotros que la que viven hoy nuestros hijos, atravesados por pantallas, redes y estímulos constantes. Incluso dentro de una misma familia, lo que sirvió con un hijo puede no servir con otro.

 Por eso no alcanza con una única charla. Hay que hablar muchas veces, a lo largo de toda la vida. Estos temas no se terminan ni siquiera cuando los hijos ya son adultos.

Diálogo, no monólogo

Hablar de sexualidad es dialogar. No es leer un libro y repetirlo como un loro. Es ida y vuelta, es preguntar, escuchar, sostener silencios. A veces el silencio es más difícil que la palabra.

El diálogo no se genera en situaciones forzadas. Se construye en lo cotidiano: en el auto escuchando una canción, viendo una serie, comentando algo que pasó en la tele, en una conversación de mesa familiar. Todo eso puede ser un disparador para hablar.

No se trata de decir «vení que tengo que hablar con vos», sino de aprovechar lo que ya está pasando.

No tener todas las respuestas

Como padres no tenemos todas las respuestas, y está bien decirlo. Poder decir «esto no lo sé, lo buscamos juntos» es una fortaleza. Hoy la información está al alcance de la mano; lo que nos tiene que ocupar es la formación.

Formar en valores, en pensamiento crítico, en la posibilidad de buscar fuentes confiables, de tomar decisiones con libertad y responsabilidad. Eso es tarea de los padres.

Siempre se está a tiempo. Cuanto antes empecemos, mejor. Pero si no empezamos, es ahora. Si un hijo nunca pregunta, nunca habla, ahí hay un problema: lo que necesita saber lo está buscando en otro lado. Y no importa si tiene 15 años o 5. Si un niño no puede preguntar de dónde vienen los bebés, algo tan natural como la genitalidad, es una señal.

Hablar de sexualidad es hablar de la vida. Y esos espacios de diálogo siempre se pueden construir y mejorar.

German Debeljuh

Lic. En Psicología, Orientador Familiar, Docente 

domingo, 18 de enero de 2026

El Dakar y la Psicología: No fueron 2 segundos

A quienes amamos el deporte, y el Rally Raid en particular, esta última edición del Dakar nos ha dejado más de una enseñanza. Cada actividad deportiva nos enseña muchísimas cosas que no solo se aplican al deporte en sí mismo, sino que también son aprendizajes para la vida.

La definición en la categoría de motos entre Luciano Benavides y Ricky Brabec, sin dudas, fue cinematográfica, pero lo más interesante es que fue real. Dos segundos separaron al campeón del subcampeón. La definición más ajustada en la historia del Dakar la tenía Kevin Benavides y era de solo 40 segundos: lo que tardaste en leer hasta acá. Ahora, la diferencia entre Luciano y Ricky es lo que tardaste en leer las palabras Rally Dakar. Increíble, pero real.

Sin dudas, este solo hecho nos deja muchas lecciones: valorar el tiempo, aprovechar el momento, no desperdiciar oportunidades, etc. Si seguiste la carrera (o no), sabrás (o te imaginarás) que hubo un sinnúmero de situaciones en las que ambos pilotos perdieron tiempo. 

De atrás para adelante, fue en milésimas de segundo que Ricky tuvo que optar por doblar a la derecha o a la izquierda a siete kilómetros del final, y tomó la decisión incorrecta. Hubo camellos que se cruzaron en el camino de Ricky, encajadas de Luciano en las dunas blandas, detenciones de Ricky para ayudar a un compañero, otros errores de navegación en ambos, estrategias de carrera que en su momento parecían válidas y que hoy se ven como desacertadas, etc. En fin, fueron casi 50 horas de carrera, 14 días de competencia, y todo se definió por 2 segundos.

Pero ¿fueron 2 segundos la diferencia? Mi respuesta es NO. No fueron 2 segundos. Fueron años de preparación para llegar a este momento. Fueron muchísimas decisiones tomadas a lo largo de la vida. Fueron muchas horas de entrenamiento, tanto físico como mental. Fueron muchas caídas, lecciones y obstáculos los que se presentaron a lo largo del camino. Fueron muchos triunfos, carreras ganadas, campeonatos obtenidos, alegrías compartidas. Fue mucho más que 2 segundos.

Luciano venía con “una de cal y una de arena”: venía con el antecedente de haber consagrado campeón mundial de Rally Raid, pero también tuvo una lesión el año pasado que no le permitió llegar al 100 % de su condición física. Sin embargo, se preparó para este Dakar. Todos los años de preparación previos, todas las enseñanzas aprendidas, todas las renuncias que tuvo que hacer, todas las horas de esfuerzo y sacrificio para prepararse física y mentalmente, toda la experiencia propia y la compartida con su hermano Kevin y su equipo de trabajo le permitieron lograr lo que solo otro argentino había logrado: alzar el premio mayor de la carrera más difícil del mundo. Ese “otro argentino” es su hermano. Pero de él voy a volver a hablar al final.

Toda esa preparación le permitió no rendirse, no bajar los brazos, estar concentrado al 100 % en la navegación —literal— hasta el último kilómetro. Y demuestra, sin lugar a dudas, que la preparación psicológica es, incluso, más importante que la preparación física. Que manejar las emociones es la clave del éxito. Que mantener una actitud positiva, aún en la adversidad, mejora el estado y permite estar más enfocado. Que hasta que no baja la bandera a cuadros no está todo dicho.

Y cada una de estas enseñanzas es aplicable a nuestra vida cotidiana. Todos tenemos un Dakar que correr. Todos tenemos momentos de incertidumbre y de dificultad, y en esos momentos podemos aplicar todo lo que Luciano aplicó a lo largo de este Dakar: enfocarnos en la meta, creer en uno mismo y trabajar para lograr nuestro sueño.

Y si no tenés sueños que cumplir, ¿qué esperás para soñar? Esos “sueños” se convierten en proyectos de vida que transforman tu vida y que te permitirán encontrar la felicidad a lo largo del camino. Luciano se lo propuso y hoy su sueño se convirtió en realidad. Pero no lo logró por 2 segundos, lo logró por todo ese tiempo que le dedicó a lo largo de sus 30 años en la construcción de este sueño que hoy es una realidad.

Y estos últimos párrafos se los quiero dedicar a Kevin. Tuvo que reinventarse porque no podía seguir corriendo en motos. Lo intentó el último Dakar y tomó la decisión de cambiar a los UTV. Se preparó todo el año para llegar a este Dakar. Toda la experiencia adquirida a lo largo de estos años la aplicó a manejar un vehículo de cuatro ruedas. Debutó y lo hizo muy bien. Ganó varias etapas y se mantuvo en el top ten de una categoría muy exigente.

En el momento en que su hermano Luciano lograba la victoria más importante de su vida, Kevin estaba ahí. Las diferencias de horarios de largadas de las distintas categorías le permitieron a Kevin ver todo el recorrido que iba haciendo su hermano y esperarlo en la llegada. Ahí enterarse de que había ganado por 2 segundos. Ahí abrazarlo y emocionarse hasta las lágrimas. Ahí fusionar su alma con la de su hermano, en un momento que le revivió todo lo que él sintió en los dos Dakar que ganó.

Pero luego de vivir ese momento de éxtasis absoluto, de haber sentido que su corazón se salía del cuerpo y que las emociones eran un torbellino, se colocó el casco y se enfocó en lo que tenía que hacer: salir a correr su última etapa del Dakar. ¿Y saben lo que pasó? La ganó.

De eso se trata cuando se dice lo importante de manejar las emociones, de usar la inteligencia y la voluntad, de enfocarse en el presente, y de tantas otras cuestiones que la psicología viene diciendo hace rato y que hoy la neurociencia afirma con muchísima fuerza.

Aprendamos de estas experiencias. Apliquemos lo que el deporte enseña en nuestra vida cotidiana. Siempre estamos a tiempo. Nunca es tarde. Y no te olvides de lo que hoy nos enseñó Luciano Benavidez: ¡2 segundos te pueden cambiar la vida!


Foto: Reuters