domingo, 18 de septiembre de 2011

Sugerencias para Padres y Educadores

Hablar desde la verdad. No se puede construir desde la mentira. El proceso de asimilar la información no es posible si recurrimos a fantasías o explicaciones parcializadas.
Ser claros y concisos. Evitar dar rodeos y tergiversar la información. Tampoco extender demasiado nuestras explicaciones. Más bien, esperar preguntas de nuestros hijos para seguir ampliando la información.
Relacionar la información brindada. A medida que van creciendo, ir relacionando la información que se les fue brindando con nuevos interrogantes que se planteen.
No se habla una sola vez. Muchos padres realizan un gran esfuerzo para hablar con sus hijos de estos temas y piensan que con una sola vez alcanza. Si para aprender a leer y escribir nuestros hijos dedican varios años de aprendizaje, cuánto más para vivir una sexualidad plenamente.
Cualquier momento puede ser el apropiado. Habrá momentos que buscamos para hablar con nuestros hijos sobre estos temas y serán muy apropiados. Tendremos en claro lo que vamos a decir y cómo vamos a decirlo. Pero habrá otras cuestiones que surjan espontáneamente y también deberemos estar preparados para abordarlas con naturalidad. Podemos aprovechar mientras vemos televisión (por ejemplo: cuando aparece alguna escena sexual, alguna publicidad, noticias, etc.), algún diálogo con amigos, alguna situación que suceda en la calle.
Evitar contar anécdotas de experiencias sexuales propias. Aquella frase: –“Yo a tu edad…” suele estar descontextualizada, muchas veces genera rechazo por parte de los hijos y no aporta.
Evitar dar ejemplos o hacer comparaciones. No dar ejemplos ni cercanos ni lejanos. En los cercanos, nos podemos equivocar y en los lejanos, están muy apartados de la realidad de nuestros hijos.
No evitar temas ante preguntas de los hijos. Es cierto que pueden presentarse cuestiones difíciles, pero no es bueno evitar dar una respuesta. Si el momento no es el adecuado, es preciso acordar con el hijo postergar la respuesta o la conversación para otra ocasión.
Mantenga una actitud de apertura y confianza. Es necesario no generar una actitud de rechazo ante los planteos de los hijos, escucharlos y darles nuestra opinión con fundamentos basados en los valores.
Utilice los sentimientos para estimar y evite los juicios de valor. Puede utilizar lo que a usted le generan las conductas o comentarios de sus hijos para expresar lo que siente, tanto sea positivo como negativo. (‘¡Qué lindo!, ¡cuánto me alegra!, ¡Nos encanta!’, o bien: ‘¡Qué lástima! ¡A nosotros no nos gusta!’). Nunca plantear su parecer en términos de sentencia: ‘¡Es malo!’ o ‘¡Sos malo!’. Estas expresiones cortan el diálogo y muy probablemente los hijos se cerrarán a la posibilidad de escuchar.
Recuerde: “Un gesto vale más que mil palabras”. Nuestro ejemplo y nuestras actitudes son sumamente importantes. “Seamos nosotros los que queramos sean nuestros hijos”.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Dimensión Espiritual

Antes de desarrollar esta dimensión debemos aclarar que no nos referiremos sólo a un aspecto religioso. En todo caso, en la religiosidad se manifiesta la dimensión espiritual de cada persona. Puede ponerse en juego o no el aspecto religioso, pero siempre estará presente la dimensión espiritual.
Si tomamos una concepción judeocristiana del hombre, sabemos que somos hijos de Dios y que fue Él el que nos creó: “Lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer”. La sexualidad es el modo que nos permite cumplir con su mandato: “Los bendijo, diciéndoles: sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra... Dios miró todo lo que había hecho y vio que era muy bueno”.
La Iglesia Católica enseña, desde su Catecismo, que el hombre es un ser espiritual y, a la vez, un ser corporal. Durante su pontificado, el Papa Juan Pablo II realizó un gran proyecto educativo que denominó ‘Teología del Cuerpo’, en donde brindó reflexiones iluminadoras sobre la sexualidad y el amor humano. “El cuerpo, en su masculinidad y en su feminidad, está llamado desde el principio a convertirse en la manifestación del espíritu. Se convierte, también, en esa manifestación mediante la unión conyugal del hombre y de la mujer, cuando se unen de manera que forman una sola carne”.
El cuerpo y la sexualidad “son siempre un ‘valor’ no bastante apreciado”. Por lo tanto, no se puede considerar al espíritu como lo ‘bueno’ y al cuerpo como lo ‘malo’, pensamiento propio del maniqueísmo. “La Biblia integra la sexualidad en el plan creacional”.
Fue el mismo Dios el que nos mostró la forma de plenificar su obra creadora a través de la sexualidad. Pero nos da un ‘manual de instrucciones’ para poder vivirlo en plenitud desde el sacramento del matrimonio. “En el relato más antiguo resaltan estos detalles:
- La necesidad de la relación interpersonal: ‘No es bueno que el hombre esté solo. Voy hacerle una ayuda adecuada’. Gen. 2,18.
- La igualdad de varón y mujer, que hace posible el diálogo (…)
- La necesidad de integración de los dos seres, para complementarse: Gen. 2, 21-23. Dios no los creó el uno junto al otro, sino el uno para el otro.
- El diálogo de amor busca la unión y se realiza en la unidad: Gen. 2, 24-25”35.
La sexualidad aparece, dentro de la cosmovisión cristiana, como una posibilidad de encuentro y apertura al otro. “Para Santo Tomás es una cosa evidente y natural que el sexo no es ni mucho menos un mal necesario, sino un bien”.
Existe una reducción de la sexualidad dentro de la religiosidad, la reducción maniquea donde el cuerpo, la materia, es mala y el espíritu es bueno.
Sin embargo, alguien que no es cristiano o que no cree en Dios, podrá decir que esta dimensión no le corresponde. Pero el hombre, en su naturaleza, posee una profunda necesidad de trascendencia y la concepción de un hijo, en muchos casos, satisface en parte esa necesidad.
Esta dimensión espiritual no se desarrolla sólo en la sexualidad. La necesidad de trascendencia se pone en evidencia, por ejemplo, en manifestaciones artísticas y culturales, motivadas por el deseo de dejar una profunda huella de nuestro paso por este mundo. Trascender es ir más allá de uno mismo. Tareas como la asistencia a los enfermos, el cuidado de los niños o los ancianos, y la docencia —cuando hay vocación de servicio— son otras manifestaciones de esta búsqueda de transcendencia.
“Existe en el hombre una trascendencia, no solamente con respecto al mundo infrahumano, sino incluso con respecto a sí mismo: en todo lo que hace, dice, piensa, quiere y desea, nunca está satisfecho con las metas alcanzadas. Existe en el hombre una tensión que lo lleva a superarse a sí mismo, una autotrascendencia; índice claro de que no tiene el centro en sí mismo, sino fuera de sí”.
De esta dimensión surge aquel dicho popular de que ‘uno no debe pasar por este mundo sin antes haber realizado estas tres tareas: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo’. Son algunas de las maneras de trascender, pero en la última tarea planeada es donde se pone de manifiesto esta dimensión de la sexualidad.
Con esta visión más amplia del hombre será posible sostener los impulsos o deseos que surgen de las otras dimensiones, y encontrar un camino hacia aquello que realmente queremos: la felicidad. “Sólo poniendo la mirada sobre el ser espiritual, sobre su fundamental tensión a los valores y al significado, podrá develarse la significatividad de lo real y podrá aparecer, en toda su plenitud, el significado del ser”.
Existe reducción posible aquí: reducción de la sexualidad a la trascendencia, “yo” quiero trascender sin importar el otro, más aún, utilizando al otro para trascender “yo”.
Quedan planteadas muchas reducciones en las que se pueden caer al hablar de la sexualidad. En algunos casos, hasta puede haber una combinación de varias reducciones. Sin embargo, “si no se percibe un enfoque más integrador, las posiciones se hacen irreductibles y los aportes valiosos de cada enfoque quedan perdidos en estériles luchas ideológicas y de poder”.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Dimensión Ético-Social

En el capítulo anterior se hizo referencia a los cambios que se fueron dando en la sociedad en todo aquello relacionado con la sexualidad. El hombre es un ser en relación y recibe una constante influencia del medio en que se desenvuelve. “Cada sociedad modela y ordena el desarrollo y expresión de la sexualidad de sus miembros. También establece unos valores y pautas para justificar los comportamientos sexuales. Estas influencias condicionan la forma de vivir la sexualidad en cada individuo”.
Es muy importante tener en cuenta esta dimensión social de la sexualidad. Existen diferencias relevantes entre el contexto en donde nos criamos los padres y el ambiente en que se desarrollan nuestros hijos. Si bien hay aspectos que pueden estar presentes, muchos se han modificado. Por ello, es necesario estar informados y poder escuchar a nuestros hijos para conocer la realidad que ellos viven a diario, escapándole al pensamiento simplista de ‘Mi hijo, no’. “El pensar que son ‘los otros’ los que necesitan esta información es un grave error”. Justificaciones, enojos, actitudes de evasión o de mantenerse en la ignorancia, no son más que un mecanismo de autodefensa.
Pero no sólo cuenta la dimensión social, porque no podemos ser ingenuos y pensar que la sociedad siempre cambia para bien o que aquello que dice, piensa o hace la mayoría es lo correcto. Por eso se complementa con una dimensión ética: es precisamente la ética la que nos puede orientar a descubrir los valores a seguir y aquello que es bueno por encima de lo que opine la sociedad.
“La ética es la parte de la filosofía que estudia la vida moral del hombre. Se centra en una dimensión particular dentro de la realidad humana: el comportamiento libre de la persona y, por ende, su conducta responsable. Como toda disciplina filosófica, la ética reflexiona sobre la realidad por sus últimas causas, por sus últimos porqués. (…) La ética reflexiona sobre el significado último y profundo de la vida moral y se pregunta por el fin que persigue el hombre en su vivir, para determinar, a partir de esa meta, aquellos comportamientos mediante los cuales podrá alcanzar la felicidad. De estas consideraciones se deduce fácilmente que la ética está al servicio del hombre para ayudarlo a vivir mejor, en un sentido más humano”.
Si el hombre niega esta dimensión ética, seguramente, disfrutará de un sinnúmero de sensaciones placenteras en donde ‘vale todo’ y el otro es sólo un ‘objeto para la satisfacción de mis deseos’. Esto lo conducirá a vivir con una actitud hedonista, pero todo lo que haga no necesariamente lo conducirá a la felicidad sino, más bien, a un vacío existencial.
Por otro lado, nos podemos encontrar con quienes actúan en función del ‘deber ser’ sin razones distintas a ese cumplimiento mismo. Este ‘deber ser’ es sumamente subjetivo y depende de lo que considera cada persona como ‘deber’, pueden ser cosas cambiantes, dependientes de las circunstancias y del tiempo.
Existe reducción posible aquí: reducción de la sexualidad al “deber ser”, donde la represión alcanza su punto máximo en una sexofobia.

martes, 16 de agosto de 2011

Dimensión Psicológica

Cuando dos personas establecen un vínculo, nunca es indiferente la reacción que se genera, en cada persona, en la vivencia de su sexualidad. Nos referimos desde el simple hecho de vivir, pensar y sentir, como varones o mujeres, hasta las relaciones sexuales que se elegirán realizar.

En esta dimensión psicológica, incluimos los aspectos que se relacionan con el conjunto de ideas, creencias, conocimientos, que determinan un modo de pensar la sexualidad. Al mismo tiempo, hacemos referencia a las sensaciones, sentimientos y emociones que se ponen en juego en el desarrollo de la misma.

No es fácil diferenciar dos áreas que se relacionan e interactúan, sin embargo las plantearemos por separado para poder entender la influencia que tienen en nuestras conductas. Un área hace referencia a los aspectos relacionados al pensamiento; y otra, a los afectos. Podemos poner énfasis en los aspectos de esta dimensión o simplemente negarlos, pero tenemos que tener en cuenta que siempre están en juego.

El pensamiento juega un rol fundamental en la vivencia de la sexualidad. No en vano, muchos autores plantean que el órgano sexual más importante no son los genitales sino el cerebro.

Desde la infancia, las personas desarrollan ideas o creencias acerca de ellas mismas, de las otras personas y del mundo, que generan pensamientos específicos y conductas consecuentes. Las ideas o creencias sobre la sexualidad pueden influir de un modo positivo o negativo en el momento de la relación sexual.

Estas creencias se pueden modificar, cambiar, confrontar con otras ideas. Por lo tanto, es posible desterrar algunos tabúes y cambiar algunos pensamientos y modificar conductas negativas, generando beneficios no solo en lo emocional sino, también en lo fisiológico.

Los pensamientos influyen de manera decisiva en la relación sexual y en la obtención de placer. Miedos, inseguridades, ansiedad, ideas inhibitorias, falta de confianza, creencias populares o religiosas; pueden generar perturbaciones a la hora de mantener una relación sexual y de vivir plenamente la sexualidad. 

“Cuando la relación sexual es tan solo contacto entre dos cuerpos que buscan placer, no se puede hablar de un auténtico encuentro personal, en el que prima la afectividad. Si bien en el animal el instinto sexual es el mecanismo por el que se busca el placer por encima de todo, en el ser humano maduro deberán existir otros motivos más profundos capaces de encauzar los estímulos sexuales hacia la mejor configuración de uno mismo”[1].

Todo ser humano tiene una necesidad afectiva, no alcanza con la satisfacción de necesidades fisiológicas ni con el hecho de descargar un impulso. Es preciso, tarde o temprano, satisfacer la necesidad afectiva de contención y cariño, de recibir y dar afecto a otra persona.

Precisamente apoyarse en esta dimensión de la sexualidad permite superar situaciones de abstinencia sexual que se pueden presentar a lo largo de la vida de una pareja. Situaciones en donde deberán mantener la abstinencia por razones de salud o distancia (por ejemplo: después del nacimiento de un hijo, enfermedades o accidentes, viajes por trabajo, etc.). En estos casos, el afecto deberá triunfar sobre los impulsos.

“La sexualidad es un modo de ser, pero antes es también un impulso sensible, un deseo sexual, biológico, orgánico. Si no se acoge ese impulso en el ámbito de la conciencia y de la voluntad, se generan conflictos y disarmonía. Si se acoge, se ejercen el amor y sus actos de una forma específica. Por eso, la sexualidad es importante, pero el amor y sus actos lo es más: con él puede lograrse la armonía del alma al integrar el impulso sexual con el resto de las dimensiones humanas, los sentimientos, la voluntad, la razón, etc.”[2].

Es necesario brindarles a nuestros hijos la formación para que puedan manejar sus impulsos y sostener su fidelidad sobre la base del afecto. “El animal está regido por los instintos, mientras que el hombre lo está por su inteligencia y su voluntad”[3]. En la medida que desarrollemos estas facultades humanas, presentes en esta dimensión, se podrán manejar los impulsos que lleguen de la dimensión biológica.

Existe un riesgo posible aquí: reducción de la sexualidad a la conciencia y primacía de lo afectivo. ‘Sí lo sentís, hacelo’ es una expresión que podría ejemplificar esta simplificación.

Otro aspecto importante que tiene esta dimensión en cuanto lo afectivo, es ¿cómo vienen nuestros hijos en la construcción de su autoestima? Si logran desarrollar una buena autoestima asumirán una mayor responsabilidad afectiva, un compromiso con el autocuidado y mejor manejo de su sexualidad. Muchos adolescentes acceden a tener relaciones sexuales por su miedo al rechazo y dificultad para decir ‘no’. En otros, la búsqueda de afecto o valoración del otro los lleva a aceptar propuestas que traerán consigo consecuencias indeseables.

“La autoestima es la idea, concepto u opinión que el ser humano llega a formarse sobre su propia valía y sus capacidades, cualidades y méritos en general. Es la síntesis de todos los pensamientos, sentimientos y experiencias positivas o negativas que han ido formando y condicionando nuestra vida, y que nunca dejan de influir en lo que somos, en cómo nos sentimos y en cómo nos comportamos”[4].

Fortalecer la autoestima de nuestros hijos no solo será importante para la sexualidad sino para inmunizarlo frente a las problemáticas actuales que tienen que enfrentar los jóvenes en la sociedad en que vivimos, por ejemplo, la conducta abusiva del alcohol o las drogas, y lo ayudará en todas sus relaciones vinculares. “Los problemas de autoestima son la base de la mayor parte de los problemas psicológicos, afectivos, de relaciones personales, familiares y laborales”[5].



[1] ROJAS, ENRIQUE. El Amor Inteligente. Ed. Booket. 2007. Pág. 228.

[2] YEPES STORK, RICARDO. Fundamentos de antropología. Eunsa. 1996. Pág. 272.

[3] ROJAS, ENRIQUE. El Amor Inteligente. Ed. Booket. España. 2007. Pág. 229.

[4] DEBELJUH, GERMÁN. Manual para los que están en camino. GRAM Editora. Argentina. 2014. Pág. 47.

[5] DEBELJUH, GERMÁN. Manual para los que están en camino. GRAM Editora. Argentina. 2014. Pág. 47.


miércoles, 3 de agosto de 2011

Dimensión Biológica

A esta dimensión nos referimos bajo el concepto de sexo (algunos autores la denominan genitalidad). Ésta es la dimensión de la cual más se ha hablado y en la cual más se ha profundizado, en algunos aspectos con avances significativos y en otros con reduccionismos asombrosos.
Nos hemos alejado de aquellos cuentos fantásticos donde los hijos salen de ‘un repollo’ o han sido traídos por ‘la cigüeña de París’, y hemos avanzado hacia respuestas reales a la pregunta: ‘¿De dónde venimos?’. Los mitos van desapareciendo y esto permite una mayor comprensión de la concepción y del embarazo.
Por otro lado, parece que la sexualidad sólo se reduce a la dimensión biológica al hablar con nuestros hijos sólo de cuestiones anatómicas. En muchos casos, la escuela colabora en el acceso a esta información pero es necesario ampliar la visión hacia otras dimensiones.
Dentro de la dimensión biológica podemos mencionar principalmente dos áreas:
 Área anatómica: hace referencia a los aparatos reproductores femeninos y masculinos y a cada una de sus partes. Es importante conocer los nombres, así como también, las diferencias entre los genitales femeninos y masculinos.
Área Fisiológica: se refiere desde el funcionamiento de los distintos órganos que componen los genitales femeninos y masculinos, hasta los aspectos endocrinos y del sistema nervioso implicados en la relación sexual.
La reproducción es otra función de la sexualidad relacionada con la dimensión biológica. En muchas ocasiones, la procreación es negada por los padres o “controlada” por métodos anticonceptivos de relativa efectividad. Cabe aclarar que ninguno de los métodos anticonceptivos de barrera, farmacológicos o naturales, tienen un 100% de eficacia como muchos han anunciado. Los métodos anticonceptivos más conocidos, si se usan correctamente, alcanzan una efectividad entre un 95% a un 99%. Si el método no se usa correctamente, las posibilidades aumentan. Muchos dirán que el margen es mínimo, pero ¿qué pasaría si le toca a usted? Siempre cabe la posibilidad de que la mujer quede embarazada a pesar de haber utilizado algún método anticonceptivo.
Los padres han avanzado hacia explicaciones más reales sobre la concepción y el embarazo. En las escuelas se trabaja, desde una temprana edad, en la diferenciación de los órganos reproductores y en el cuidado del propio cuerpo. No es casualidad que se hable de órganos reproductores y no de genitales, ya que se identifican esos órganos sólo con una de sus funciones: la reproducción.
En algunos casos, se avanza en aspectos más fisiológicos que permiten una mayor comprensión de los mecanismos que se activan como base de una conducta sexual pero no hacen mención a otros aspectos. No consideran otras dimensiones de la sexualidad.
Muchos padres consideran que con la explicación de estos aspectos anatómicos y fisiológicos alcanza para responder a todas las inquietudes y dudas que pueda tener un niño o un adolescente. Agregan el cuidado ante las enfermedades de transmisión sexual y los métodos anticonceptivos que se pueden utilizar para evitar embarazos no deseados. De esta manera, reducen a estos temas la formación de la sexualidad de sus hijos.
Nos enfrentamos con una posible primera reducción de la sexualidad: los enfoques biológicos-higienistas han centrado su visión en la información y el cuidado del cuerpo (la prevención de enfermedades de transmisión sexual [ETS] y el HIV/SIDA; embarazos no deseados), sin dedicar espacio a otras dimensiones de la sexualidad.
Otro aspecto de la dimensión biológica son los instintos, entendidos como el sentido de un impulso biológico básico que tiende hacia una respuesta inmediata, característico de las conductas animales. Podemos hablar de instinto de conservación y de reproducción.
Freud, al estudiar el concepto de instinto, descubre que muchas conductas humanas iban en contra de esos instintos, por lo tanto, desarrolla el concepto de ‘pulsión’, ya que considera que los instintos son respuestas a estímulos generados desde el exterior de la persona, mientras que en la pulsión los estímulos vienen del interior. “Si consideramos la vida anímica desde el punto de vista biológico, se nos muestra la ‘pulsión’ como un concepto límite entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo que arriban al alma (…) El fin de la pulsión siempre es la satisfacción”. Distinguió dos grupos de pulsiones primarias: las pulsiones del yo o pulsiones de conservación y las pulsiones sexuales.
El pensamiento de Freud, seguido por otros autores de su época como Marcuse y Reich, dio origen a una revolución ideológica que ha hecho que se pasara de una actitud represiva de lo sexual a una sobrevaloración de la satisfacción de los deseos más impulsivos, sin limitación ni censura, rozando la promiscuidad.
La Teoría Sexual de Sigmund Freud, según Leonardo Castellani, “fue clasificada por muchísimos autores de pansexualismo; y no hay duda de que en su primera elaboración la especulación de Freud parece hipnotizada por la libido, convirtiéndose así en un monoinstintivismo. En respuestas a objeciones adversas, Freud admitió pronto que no todas las neurosis tenían un origen sexual, manteniendo —no obstante— siempre su principio un poco ambiguo: con una vida sexual sana, ninguna neurosis es posible”.
Si se niegan las otras dimensiones de la sexualidad nos encontramos con una sobrevaloración del placer como única finalidad de la sexualidad y “el sexo se va reduciendo a una simple descarga del ardor que se acumula en ciertas partes del cuerpo por efecto de procesos biológicos. Esta reducción del sexo a lo biológico provoca una severa frustración tanto psicológica como espiritual”.
Existe aquí una reducción de la sexualidad: la satisfacción inmediata de todos los impulsos, la “vía libre” para todas las fantasías, la exploración a nuevas experiencias sexuales, son algunos de sus rasgos fundamentales.

martes, 19 de julio de 2011

Nota del Domingo 17 de Julio en el Diario La Opinión de Pergamino

LOCALES

Debeljuh: “Es necesario generar diálogo entre padres e hijos”


El psicólogo y docente, autor del libro “Sexualidad ¡Hablemos!” reflexionó sobre los obstáculos
que encuentra el abordaje de este tema entre padres e hijos. Su trabajo editorial se propone como
una guía para abrir canales de comunicación intrafamiliar.

DE LA REDACCION. La información sobre sexualidad abunda en los medios de comunicación y
en la vida cotidiana. Sin embargo, la sobreabundancia de imágenes no significa que el contenido
que circula sea el apropiado, ni que reemplace la necesaria comunicación que debe haber entre
padres e hijos para el desarrollo de una sexualidad plena. Hablar de sexo con los hijos suele ser
un tema complejo para los adultos, que no siempre saben cómo hacerlo porque se tropiezan con
sus propias dificultades y tabúes.
Hace unos días, el psicólogo Germán Debeljuh presentó el libro “Sexualidad ¡Hablemos!” Su trabajo
editado por Logos está disponible en una amplia red de librerías y se propone como un aporte y
una guía práctica. En diálogo con LA OPINION efectuó sus consideraciones sobre los obstáculos
que se encuentran para hablar de sexualidad con los chicos.
-¿Cómo surgió la inquietud de escribir el libro?
- Hace muchos años que estoy trabajando con adolescentes el tema de la sexualidad. También he
realizado talleres para padres y matrimonios y observo una profunda necesidad de los padres y
de los hijos de hablar de estos temas. En los últimos años, ha cambiado el paradigma: “De Sexo
no se habla” a “El Sexo está en todos lados”. Este cambio ha generado que muchos padres hablen,
pero en pocas ocasiones. Los temas recurrentes de la conversación son el Sida y el embarazo
adolescente, pero no profundizan mucho más. Por el lado de los hijos, el pudor y la vergüenza si-
guen estando presentes y se refugian en sus pares para satisfacer sus inquietudes. En este con-
texto, el libro surgió como una manera de dejar plasmado este fenómeno y permitir fijar un “norte”
para que los padres puedan guiarse a la hora de encarar este tema con sus hijos.
-¿Su trabajo como docente sirvió de base para rescatar experiencias?
- Definitivamente, sí. El contacto cercano con los jóvenes, las charlas que hemos tenido con muchí-
simos de mis alumnos, las experiencias que hemos compartido en viajes y encuentros con muchos
de ellos, más el aporte del trabajo terapéutico con niños y adolescentes en el desarrollo de mi profe-
sión como psicólogo, me ha permitido tener una visión muy clara del sentir de niños y adolescentes
que se encuentran, en muchos casos, con la ausencia del adulto. En muchas ocasiones el adulto no
es más que un par, un amigo más o un “adolescente” en busca del elixir de la juventud. Los niños y
los adolescentes necesitan de un adulto capaz de guiarlos hacia la madurez y no que se encuentren
estancados en su propio proceso de crecimiento.
- ¿Cuáles son las claves para hablar de sexualidad con los chicos?
- La sexualidad supone mucho más que la genitalidad, a mí entender, es un tema mucho más amplio
y que necesita de su estudio y formación, para brindarles a nuestros hijos no sólo información sino,
sobre todo, una buena formación. Si los chicos tuvieron experiencias negativas desde la primera in-
fancia en cuanto al diálogo sobre éste u otros temas, es muy difícil que al llegar a la adolescencia se
animen o acepten hablar con sus padres. Es necesario generar espacios de diálogo, insisto, de este
como de otros temas.
La Opinion de Pergamino

martes, 12 de julio de 2011

Distinción entre Sexo y Sexualidad

En la introducción planteábamos la necesidad de distinguir dos conceptos claves para el tratamiento de este tema: sexo y sexualidad. Con frecuencia se los consideran como sinónimos pero proponemos su diferenciación para entender hacia dónde nos dirigimos a la hora de hablar de estas cuestiones.
Cuando nos referimos a la palabra sexo hacemos referencia a la relación sexual, a la genitalidad. En cambio, entendemos por sexualidad, en sentido amplio, “la manera de estar en el mundo y relacionarse con el mundo como persona masculina o femenina”.
Cuando hablamos de sexo, no hablamos sólo y exclusivamente del coito, también se relaciona con lo pulsional, la erotización cultural, la pornografía y la promiscuidad. Al hablar de sexualidad, nos referimos a la vivencia de la sexualidad humana que implica encuentro, comunicación y expresión del afecto.
En este sentido, hablar de sexualidad humana sería una redundancia, ya que el hombre es el único que puede vivir la sexualidad de este modo, una sexualidad que, precisamente, nos hace más humanos. “La sexualidad es el sexo en cuanto asumido por una psiquis humana, en cuanto es contextualizado en un ethos cultural, en una familia, confrontada con valores y creencias. Por eso sexualidad es mucho más que genitalidad y que sexo (en sus diferentes acepciones). La sexualidad incluye y concreta el afecto, las emociones, fantasías, miedos y culpas. De ahí que se nace con un sexo y se aprende (adecuada o inadecuadamente) la sexualidad”.
Comencemos diciendo que la sexualidad se puede dividir en distintas dimensiones, las mismas dimensiones que podríamos plantear para hablar de hombre. Es que no podemos pensar a la sexualidad como algo disociado de la esencia del ser humano. Es cierto que muchos autores, a lo largo de la historia, han tomado distintos aspectos del hombre para analizarlo, entenderlo y conceptualizarlo. Algunos, con una visión muy reduccionista, otros con una visión más amplia. Algunos, poniendo el acento sobre una determinada dimensión del hombre, otros, haciendo mención a la totalidad. Por lo tanto, detrás del tratamiento de un tema tan importante como el de la sexualidad, el lector tendrá que descubrir cuál es la conceptualización de hombre que subyace al abordar este tema por parte de un autor determinado.
No es la intención de este trabajo revisar los conceptos de hombre que se han vertido en la historia de la humanidad; simplemente queda asentado que, detrás del tratamiento de cualquier tema relacionado con la sexualidad, hay un concepto de hombre latente, que debemos identificar para saber cuál es el punto de partida y poder integrarlo, o no, a nuestra visión de la sexualidad humana.
“No debe estudiarse la sexualidad como un dato aislado; hay que integrarla en la totalidad de la vida humana con todas sus relaciones. De lo contrario nos deslizamos hacia un biologismo superficial (…) no basta con analizar los órganos  sexuales y su función biológica, aislándolos de la totalidad de la persona, porque el hombre es algo más que un animal regido por los instintos de conservación y de reproducción. Esto equivaldría a una despersonalización del sexo”.