martes, 20 de agosto de 2013

Etapas en la resolución de problemas

Solucionar problemas es una manifestación importante del pensamiento humano. Entrenando esta habilidad se facilita a las personas nuevas formas de pensar, sentir y valorar. Los problemas surgen cuando las personas no ven inme­diatamente cómo ir desde donde están (estado inicial) adonde quieren estar (estado final). La resolución de pro­blemas es un proceso cognitivo dirigido a transformar una situación no deseada en una situación deseada cuando no existe un método claro de solución.
Un problema es una desviación entre el objetivo y el comportamiento, desviación que transforma la situación presente en insatisfactoria. Por eso buscamos una solución ante una tarea que presenta alguna dificultad.
En la vida cotidiana nos encontramos no con un problema, sino con varios, y comúnmente varios al mismo tiempo. Por lo tanto, se nos complican las posibilidades de encontrar alternativas de solución para nuestros conflictos al pensar como poder resolverlos.
Podemos sintetizar los pasos a seguir para la resolución de un problema, a través de una palabra nemotécnica: PODER[1].
P: Problema
O: Opciones
D: Decisión
E: Ejecución
R: Revisión
·  Problema: Definir e Identificar el problema. Es importante identificar un problema, definirlo y representarlo con sus características principa­les, y comenzar a pensar en un problema a la vez. Comúnmente, los problemas nos agobian y no nos permiten pensar con claridad. Comencemos definiendo uno y pensando los pasos para la resolución de ese problema.

·  Opciones: Una vez que se ha identificado el problema, es importante ver todos las opciones que se nos presentan para la resolución del mismo. Las posible y las no tan posibles, abrir el abanico de opciones antes de tomar una decisión.

·  Decisión: Con todas las opciones frente a uno, tomar una decisión en función de lo que, en este momento y en estas circunstancias, nos parece más acertada.

·  Ejecución: Es muy importante pasar a la acción, sin quedarse en la mera especulación de lo que sería mejor o no. Concretar la decisión que hemos tomado es la única forma de llegar a la resolución de nuestro problema. Aún equivocándonos estaremos más cerca que sin haber hecho nada.

·  Revisión: No podemos saber con seguridad si la naturaleza del pro­blema o las estrategias empleadas son las correctas hasta que actuemos y veamos si funcionan. En este punto se verá si han sido eficaces nuestros pasos, de lo contrario se puede comenzar de nuevo teniendo en cuenta esta experiencia.

Este PODER, sirve en la medida que se avance en cada paso hasta llegar a la resolución del problema, aún replicando el modelo en varias oportunidades. La clave de este PODER es que hay que utilizar todas las letras, sino pierde su “poder” de resolución de problemas, y nos quedamos atrapados en la especulación y no pasamos a la acción.





[1] Regla nemotécnica apartir del modelo conceptual de D´Zurilla, Nezu y colaboradores

lunes, 15 de julio de 2013

CASTIDAD: ¡De eso no se habla!

Podemos observar a los adolescentes en muchas situaciones donde se encuentran en un estado de total ausencia de conciencia y, por lo tanto, una ausencia de elección. Situaciones de descontrol, de violencia, de abuso del alcohol o drogas, accidentes de tránsito, acciones de riesgo, hasta actos delictivos. Es evidente que en ninguna de esas situaciones hay “dominio de sí”.
Por lo tanto, esos adolescentes tendrán actitudes similares en la manera de vivir la sexualidad: descontrol, agresiones, relaciones sexuales bajo el efecto del alcohol o las drogas, hasta violaciones.
 “La búsqueda del orgasmo sexual asume un carácter que lo asemeja bastante al alcoholismo o la afición a las drogas. Se convierte en un desesperado intento de escapar a la angustia que engendra la separatidad y provoca una sensación cada vez mayor de separación, puesto que el acto sexual sin amor nunca elimina el abismo que existe entre dos seres humanos, excepto en forma momentánea.”[1]

Las consecuencias son claras: contagio de enfermedades de transmisión sexual, embarazos no deseados -en algunos casos hasta con dudas con respecto a la paternidad-, hasta abortos provocados.
No pensemos solamente en situaciones tan extremas. Muchos adolescentes buscan en las relaciones sexuales la posibilidad de “mejorar” su autoestima. Nos podemos encontrarnos con dos polos opuestos –siendo dos caras de una misma moneda-, aquel que necesita jactarse de sus hazañas sexuales para sentirse importante, y aquel que se somete a las exigencias con la esperanza de encontrar afecto, cariño, contención, encontrándose con la sensación de vacío y de haber sido un objeto de satisfacción para el otro.
Ambos, están excesivamente supeditados a la valoración de otro. En ambos casos, amor excesivo y menosprecio de sí mismo, dejan al descubierto una baja autoestima. “La persona afectivamente madura se estima, se valora y respeta a sí misma”.[2] Por lo tanto, el fomentar precisamente la auto-estima, la valoración de sí mismo, en distintos aspectos de su personalidad, estaremos ayudando a nuestros hijos a vivir la sexualidad de manera plena.
Así como educamos a nuestros hijos para que sepan dominar su ira y manejar la bronca, debemos ayudarlos a que controlen sus impulsos sexuales, puedan diferenciar sus sentimientos, describir sus emociones, para luego decidir las acciones que le permitan vivir plenamente su sexualidad.
Desde que nuestros hijos nacen, nuestra tarea fundamental es acompañarlos en todo su crecimiento; ya sea crecimiento físico, psicológico, social y espiritual. Para ello realizamos infinidad de acciones –todas las que estén a nuestro alcance- para brindarles ese crecimiento integral y, en ese proceso, alcancen la felicidad.
 Pensemos en la exigencia, implícita o explícita, que ejercemos hacia nuestros hijos para que alcancen la madurez personal. El concepto de madurez personal abarca todos los niveles de la persona: el biológico, el psicológico, el social y el trascendente o espiritual. “En el concepto de madurez habría que señalar, principalmente, los términos de direccionalidad y finalidad, integración, capacidad de emitir conductas ajustadas a las circunstancias, continuidad en el sentido de la trayectoria biográfica y estabilidad personal”. [3]
Si nos detenemos en el concepto de madurez psicológica podemos decir que consiste “en la capacidad de someter todos los impulsos, deseos y emociones a la ordenación de la razón, o, si se prefiere, a la luz de nuestro entendimiento y la decisión de nuestra voluntad”. [4]
Ahora bien, confrontemos este concepto de madurez con el concepto de castidad que venimos analizando y veamos que plantea el Catecismo de la Iglesia Católica: “La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado” [5]
Se desprende de estos conceptos que el dominio de sí es necesario para la madurez y que, obteniendo esa madurez psicológica, obtenemos la capacidad de integrar la sexualidad a nuestra vida de un modo casto, “con la capacidad de dominar, controlar y orientar los impulsos de carácter sexual (concupiscencia de la carne) y sus consecuencias, en la subjetividad psicosomática del hombre.” [6]
No estamos planteando la castidad como una exigencia diferente, ni como algo ajeno a la naturaleza del hombre. Si dejamos que nuestros hijos se guíen solo por aquello que les genere placer, queda claro que el resultado no será precisamente la felicidad. Tal vez, lo tenemos presente para otros aspectos de la educación de nuestros hijos, pero es tan válido como para la educación de la sexualidad. “El hedonismo ni es, ni podrá ser jamás, un punto cardinal que sirva de referencia para el ordenamiento de la conducta sexual humana”. [7]
Alentamos a que nuestros hijos elijan qué hacer de sus vidas en lo académico, lo laboral, lo familiar. Debemos inculcarles qué elijan que hacer con su sexualidad. Giulia Veronese lo plantea claramente: “La Castidad es más que la simple continencia (…) La Castidad es el resultado normal de una elección humana (…) Presupone siempre una conciencia, más o menos clara, del valor de la sexualidad en su doble finalidad la procreatividad y amor”. [8]
Y si hablamos de Amor, es necesario que hablemos de entrega. Si no logramos superar el egoísmo de pensar en nuestro propio placer, será imposible alcanzar el Amor maduro.
“Podemos definir la castidad como un modo de vivir la sexualidad, integrando todos los aspectos de la persona en relación a un TU (persona, prójimo, comunidad, Dios) para ser capaz de AMAR y ser amado. Nos referimos al amor oblativo alterocéntrico: capacidad de amar y de ser amado.”[9]
El egoísmo y la búsqueda de placer constante son propios del niño, pero a medida que crece el nivel de tolerancia a la frustración irá en aumento y ya no se considerará el “centro de universo”. “Los psicólogos profundos están unánimemente de acuerdo en ver la fijación infantil la principal causa de la incapacidad para el amor”.[10] El Amor maduro reconoce la autonomía del otro y aspira a la comunión de dos libertades entre iguales.
“Técnicamente, se puede decir que una persona madura posee la capacidad de establecer relaciones amorosas profundas y duraderas”.[11] En la madurez se logra, precisamente, el amor maduro.
Aquí también hablamos de castidad. “La castidad es la energía espiritual que libera el amor del egoísmo y de la agresividad. En la medida en que en el hombre se debilita la castidad, su amor se hace progresivamente egoísta, es decir, deseo de placer y ya no don de sí.” [12]
Es que el fin de ese amor maduro se consume en la constitución de una nueva familia, en donde la fidelidad y la entrega serán valores imprescindibles en su base. “La madurez de la sexualidad se alcanza cuando se otorga a una sola persona y se continúa después en la familia y en los hijos.” [13]
 “Sexualidad, amor y realización y destino personal están tomados de la mano. El amor es el algo tan especial que convierte a la vida en destino. Por lo tanto, la elección es afectiva y existencial: esta elección nos constituye y define; al elegir me elijo y defino mi propio proyecto existencial. Al definir a quien y cómo amo, elijo quién soy y cómo soy.” [14]
Será necesario hablar, claro y conciso, desde el comienzo y nunca dar por cerrado el tema. No importa las edades de padres e hijos, siempre surgirán nuevas dudas o planteos en torno a la sexualidad.
Queda claro que no hablamos de un solo aspecto de la sexualidad como ligada al sexo, sino como una formación que nos constituye como personas íntegras. Esta tarea estará ligada a la formación de valores como la confianza, la sinceridad, la fidelidad y la entrega. Valores que se aplican a distintos ámbitos de la vida humana y que en la sexualidad la podemos sintetizar en una palabra: Castidad.
Está más claro aún que “De eso no se habla”. La sociedad en su conjunto y los medios de comunicación en particular, no hablan de “eso”. Pero, el ámbito por excelencia en donde se tiene que procurar la formación sólida de la persona es en la familia, por lo tanto, es el seno de la familia en donde se deben plantear estos temas.
Es nuestro deber como padres, detenernos a hablar con una profunda convicción y con la posibilidad concreta de poder escuchar los que nuestros hijos tienen para preguntar y decir. Nos encontraremos con mensajes que ellos reciben de otros lados, ideas que no compartimos o nos producen rechazo. Pero es necesario recurrir al diálogo y que ellos sientan que nuestros planteo surge de querer mostrarles un Bien, aunque ellos no lo puedan ver a simple vista ni en un primer momento.
Como padres, tenemos que tomar conciencia que debemos comenzar desde la niñez. Es muy difícil pretender que, nuestros hijos adolescentes, se dispongan a conversar con nosotros sino fuimos generando un espacio de diálogo, de escucha y de comprensión, desde la infancia.
Debemos mostrar, con argumentos sólidos, la importancia de vivir la castidad mientras estén solos o ya de novios porque esto les facilitará la construcción de su propia familia.
Es necesario consolidar una actitud de cultivo hacia la sexualidad, la cual se sostenga en el tiempo y permita una formación íntegra de la persona. Así como se le dedica tanto tiempo a la formación intelectual o al cuidado del cuerpo, se debe realizar la formación en sexualidad basada en la virtud de la castidad.

Las virtudes, en general, y la castidad, en particular, son herramientas indispensables para educación de nuestros hijos. Pero como toda herramienta la debemos conocer para poder utilizarla. Ojalá este artículo permita acercarnos a estas temáticas y con estas ideas podamos allanar el camino hacia nuestra felicidad y a la de nuestros hijos.


[1] FROMM, ERICH. El arte de amar. Paidós. España. 2007. Pág. 13
[2] ORLANDO MARTÍN R. El mundo de los afectos. Koinomía. Argentina. 2001. Pág. 44
[3] POLAINO - LORENTE, AQUILINO. Madurez personal y amor conyugal. Biblioteca del Instituto de Ciencias para la Familia. Ed. Rialp. España. 1992. Pág. 9
[4] POLAINO - LORENTE, AQUILINO. Madurez personal y amor conyugal. Biblioteca del Instituto de Ciencias para la Familia. Ed. Rialp. España. 1992. Pág. 10
[5] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. Nº 2339.
[6] JUAN PABLO II. Teología del Cuerpo. Audiencia del 24 de octubre de 1984
[7] POLAINO LORENTE, AQUILINO. Los 4 puntos cardinales de la Sexualidad Humana. Instituto de Ciencias de la Educación. Universidad De Navarra
[8] GARCÍA HOZ, VICTOR. Educación de la Sexualidad. Biblioteca del Instituto de Ciencias para la Familia. Ed. Rialp. España. 2002. Pág. 29
[9] GASTALDI, ITALO–PERELLÓ, JULIO. Sexualidad. Ediciones Don Bosco. Argentina. 1991. Pág. 13 (las palabras en mayúsculas son del autor)
[10] LLEP, IGNACE. Psicoanálisis del Amor. Ed. Carlos Lohlé. Argentina. 1960. Pág. 115
[11] ORLANDO MARTÍN R. El mundo de los afectos. Koinomía. Argentina. 2001. Pág. 121
[12] CONSEJO PONTIFICO PARA LA FAMILIA. Sexualidad Humana: Verdad y Significado. San Pablo. Argentina. 1996
[13] YEPES STORK, RICARDO. Fundamentos de antropología. Eunsa. España. 1996. Pág. 281
[14] MARTÍN ORLANDO R. El mundo de los afectos. Koinomía. Argentina. 2001. Pág. 121

sábado, 25 de mayo de 2013

VIOLENCIA FAMILIAR

Violencia Familiar es toda acción u omisión cometida en el seno de la familia, por uno de sus miembros que menoscaba la vida o la integridad física o psicológica o incluso la libertad de otro miembro de la familia, que causa un serio daño al desarrollo de la personalidad.

1. TIPOS DE MALTRATOS

Al hablar de violencia o maltratos, la primera idea que surge es que nos referimos a golpes y agresiones físicas. Pero, estos son sólo algunos tipos de maltratos que una persona puede ejercer sobre otra. Los insultos, las descalificaciones e incluso los silencios, pueden resultar aún más dañinos que una trompada.
Una clasificación posible sería la siguiente:
Ø Maltrato emocional o psicológico: indiferencia, desconfianza, descalificación, humillación, amenazar, gritos e insultos, ridiculizar al otro frente a terceros, anular la sociabilidad de las personas, culparla de todo lo que suceda, golpear puertas o romper objetos.
Ø Maltrato físico: golpear, tirar de los pelos, empujones, cachetadas, quemaduras, inmovilizar al otro, dañar con objetos o armas, cualquier empleo de la fuerza que pueda dañar o lesionar el cuerpo o la salud de la otra persona.
Ø Abuso sexual: forzar a tener relaciones sexuales, obligar a realizar actos que la otra persona no quiere, mantener relaciones sexuales bajo amenaza y no solo el contacto físico, sino también, participar de situaciones de exhibicionismo o participar en material pornográfico.
Ø Negligencia: abandono o falta de cuidados básicos hacia un niño o un anciano.
Podríamos nombrar más tipos de maltratos como el económico, el de distribución de tareas, el trabajo infantil, entre otros.

2. VINCULOS FAMILIARES

El maltrato se puede dar fuera del ámbito familiar –allí hablaríamos de Violencia social- o bien dentro del mismo seno de la familia. En este caso, toda la familia sería víctima de esta violencia, padres e hijos. Las direcciones de la violencia entre los vínculos familiares pueden ser tantas como combinaciones posible se puedan dar: de padres a hijos, de hijos a padres, de esposo a esposa y esta a su vez hacia los hijos, hacia los abuelos.
Un ejemplo frecuente sería: el padre maltrata físicamente a su esposa, y esta maltrata psicológicamente a sus hijos. Por lo tanto, es importante ver cual es el tipo de maltrato que se ejerce y como se dan en los vínculos.

3. MALTRATO INFANTIL

Como hemos visto antes, los niños pueden sufrir todo tipo de maltratos, desde conductas de desvalorización, humillación y culpas, hasta abusos sexuales, pasando por todo tipo de maltrato físico, que pueden llegar a provocar lesiones graves e incluso la muerte. Estos son provocados, precisamente, por aquellos que tendrían que cuidarlos y protegerlos, lo cual genera una confusión por parte del niño y una alteración importante en el desarrollo de su personalidad.

Indicadores de Maltrato

 
v Pasividad, timidez
v Comportamientos agresivos
v Inhibiciones en los juegos
v Comportamientos regresivos (succión del pulgar, enuresis, encopresis)
v Temor al contacto de los adultos Comportamientos autodestructivos
v Problema de aprendizaje
v Frecuentes quejas de dolores y Golpes inexplicables o en lugares pocos comunes
v Falta de cuidado en general
v Fugas frecuentes

Indicadores de Abuso
v Conocimientos sexuales inusuales para su edad
v Lastimaduras en genitales externos
v Dificultades para caminar
v Grave desestructura-ción de la personalidad

3.1. Abuso Sexual

En cuanto a los abusos sexuales, son aquellas situaciones en las que un adulto utiliza su relación con un niño/a o adolescente para obtener satisfacción sexual. A diferencia de lo que se piensa, la mayoría de los casos de abuso sexual son perpetrados por algún familiar directo o político. En los otros casos serían abuso sexual extrafamiliar o violaciones.
Las conductas abusivas pueden implicar o no contacto sexual. El contacto físico incluye toda conducta en la que el agresor toque zonas de claro significado sexual (caricias en pechos y/o genitales, sexo vaginal, oral o anal). Otras como el exhibicionismo, el pedido de realizar actividades sexuales o de participar en material pornográfico.
El agresor es, generalmente, un miembro de la familia o un allegado, que emplea “seducción” para hacer creer al niño/a que lo que le propone es legítimo y natural. Si el niño/a se resiste el adulto utiliza amenazas o fuerza física. No hace falta que sea un adulto, una persona con una diferencia de, por lo menos, 5 años con respecto a la víctima, también se consideraría un abusador. El contacto sexual se da en forma progresiva y se puede prolongar por años, persuadido de que se guarde el secreto o por amenazas sostenidas.
En la mayoría de los casos, si esto sucede dentro del ámbito familiar, es precisamente la familia quien trata de ocultar la situación, negar el hecho modificando la versión, y la propia víctima, presionada por sus familiares, puede cambiar los dichos iniciales.

4. MALTRATO EN EL NOVIAZGO[1]

A partir de los 15 años y hasta antes del matrimonio, en la adolescencia se comienzan a aprender y a ensayar nuevas formas de comportamiento acordes con su creciente libertad e independencia de la familia de origen como para adoptarlas en su vida futura. Las conductas violentas en las relaciones de pareja no formales no son percibidas como tales ni por las víctimas ni por los agresores, pues generalmente se confunden maltrato y ofensas con amor e interés por la pareja.
Esta "normalización" de la violencia en los patrones de convivencia es el origen del maltrato. La violencia en los noviazgos es una problemática silenciada, excepto cuando la gravedad del caso toma estado público, siendo las adolescentes y las jóvenes las principales afectadas y vulneradas en sus derechos.
Los tipos de violencia en el noviazgo son física, verbal, psicológicas, económica y sexual, que no son excluyentes entre sí. Las consecuencias en la persona agredida son depresión, baja autoestima, aislamiento, fracaso escolar y bajo rendimiento laboral.
El maltrato a la pareja puede ocurrir en cualquier momento, desde la primera salida juntos o hasta transcurridos varios años de relación. La diferencia con respeto a otros tipos de violencia es el proceso de socialización y adquisición de roles de género en los adolescentes, mismos que determinan el dominio como comportamiento masculino y la sumisión como femenino. Se debe sumar a esto, la idealización del "amor romántico" que todo lo puede superar y todo lo perdona, así como por el carácter informal y efímero de la relación.
Podemos citar algunas de las conductas frecuentes que pueden ser consideradas signos de violencia en el noviazgo:
1.     Chistes descalificantes sobre la pareja y las mujeres en general.
2. Desaparecer por cortos períodos de tiempo, dando lugar a amplias justificaciones.
3.     Amenazar con terminar la relación, pero no hacerlo.
4.    En las discusiones, manipular tratando de demostrar que es muy tolerante ante sus demandas.
5.     Negar la relación con la pareja o ridiculizarla.
6.     Hacer burla del aspecto físico o logros alcanzados por la pareja.
7.     Acariciar agresivamente, haciendo daño.
8.     Acoso sexual.
9.     Prohibirle que continúe relaciones con amigas, amigos, familia, compañeros de trabajo, compañeros de estudio.
10.  Negarle la posibilidad de iniciar o continuar pertenencia a grupos culturales, artísticos o políticos.
11.  Obligarla a peinarse, vestirse o maquillarse a su gusto.
Así como la violencia se aprende y se repite, también hay mecanismos para neutralizarla o evitar que se produzca a través de nuevas formas de relacionarse y de encarar los conflictos. Se debe partir de la aceptación de que se vive un noviazgo violento ya sea como agresor o como víctima.

5. MALTRATO CONYUGAL

El maltrato conyugal es el que se ejerce entre los cónyuges o esposos, en la mayoría de los casos, del hombre hacia la mujer, en otras, entre ambos y en algunas más de la mujer hacia el hombre.
Las víctimas tiene características comunes:  una baja autoestima (“no valgo nada”, “soy una inútil”), necesidad de dependencia (“sin él , yo no puedo”), se siente culpable de los motivos de enojo de su marido (“yo lo provoqué”), esperanza de cambio (“yo lo voy a cambiar”), minimización de los sucesos (“no fue nada”) y una “esperanza de cambio” que nunca llega (“con el tiempo las cosas van a cambiar”, “él me prometió que va a cambiar”). Por lo tanto, llega a una situación de indefensión en la cual no puede reaccionar o siente que se tiene que mantener esa posición por el sostenimiento de la familia. En la mayoría de los casos, el marido logra aislar a su mujer de su familia de origen y sus amistades, para mantenerla siempre bajo su control. Esto la lleva al aislamiento y la apatía, conductas autodestructivas y descuido físico.
Algunas características de los agresores son: deseo de control y manipulación, actitud crítica y desvalorización, violencia hacia terceros o “doble fachada”, gran capacidad de persuasión, pensamiento rígido, cambios súbitos de humor, silencios prolongados e indiferencia, resistencia al cambio y, en muchos casos, abuso de alcohol o drogas. A pesar de todo esto, aparece una gran dependencia emocional y una minimización de todo lo que provoca. Es probable que repita su conducta violenta sucesivamente con otras mujeres.
En algunos casos, el marido aparece como una persona violenta, agresiva, transgresora de toda norma. En otros casos, por el contrario, el hombre aparenta, fuera del hogar, una imagen de padre modelo, afectuoso y respetado por todos, pero dentro de su familia, se muestra violento, agresivo, dominante y autoritario. En ambos casos, suele haber antecedentes de violencia familiar, tanto en la víctima como en el agresor, que sostienen esta situación de violencia y dolor.

3.1. Círculo de la Violencia Conyugal

Es frecuente que en las primeras ocasiones de violencia la mujer reaccione, hasta que entra en lo que muchos llaman el Círculo de la Violencia Conyugal:
En la primera fase se acumula tensión por cualquier motivo, aún sin razón, acompañado de insultos, reproches y malestar permanente y creciente. Hasta que se llega a la fase aguda de golpes o descarga, en donde se comienza con todo tipo de agresión física violenta e incontrolable. En la tercera fase, el hombre vuelve arrepentido de todo lo sucedido, con promesas de cambio, regalos, y comenzará la “luna de miel”, período de calma y buen trato. Pasará cada vez menos tiempo para que el círculo se ponga nuevamente en movimiento, aumentando, cada vez más, el grado de violencia.

• La violencia no es una forma saludable ni beneficiosa de relacionarse. Nada justifica el maltrato.
• La asiste una legislación a la cual puede apelar y que contempla formas de protección.
• Estas situaciones son modificables.
• Se puede cambiar pero no se puede sola.
• Se necesita atención de profesionales e instituciones especializadas y el acompañamiento de vecinos, amigos, familiares.
• Necesitar apoyo psicológico no quiere decir ser enfermo mental.
• El agresor también puede incluirse en un tratamiento.
En esta situación, es necesario plantear que, generalmente, es la mujer la única que puede cortar este círculo con una actitud firme y, en algunos casos, recurriendo a la Justicia, para que esta intervenga imponiendo el alejamiento y el tratamiento del agresor. Más allá de hablar de víctimas y victimarios, es necesario tener en cuenta que todos son víctimas de la violencia. Incluso el agresor es víctima ya que, en la mayoría de los casos, fueron esos los modelos aprendidos. Por lo tanto, el agresor merece tanta ayuda como los agredidos.

En síntesis: es importante estar atento a estas situaciones pueden suceder dentro de nuestra familia o la de algún amigo. Es necesario pedir ayuda y que toda situación de maltrato y violencia se conozca. Si hemos sufrido maltratos debemos modificar esta conducta para evitar que repitamos ese modelo aprendido. Depende de cada uno, el poder romper esta cadena de violencia y saber que nada justifica la agresión y que hay otras maneras de solucionar un conflicto, dentro o fuera de la familia.



[1] Plan de Igualdad de Oportunidades y de Trato para Varones y Mujeres 2005-2009. Municipalidad de Rosario

martes, 19 de marzo de 2013

“Más vale estar solo que mal acompañado”

A partir de esta expresión, la sabiduría popular nos invita a reflexionar sobre las relaciones interpersonales. En este caso quisiera aplicarla, puntualmente, a las relaciones de pareja. Este dicho nos aconseja, claramente, que es preferible la soledad a una compañía que nos brinde la contención que necesitamos en nuestra vida.
En muchas relaciones de pareja, uno podrá observar que no hay reciprocidad en el afecto, o que las diferencias de preferencias e incluso de personalidad, son tal que implican un costo muy alto para el sostenimiento de la relación. Desde afuera uno se podrá preguntar, entonces, qué es lo que lo lleva a soportar tal costo, con incluso humillaciones, desplantes y hasta agresiones (no siempre físicas).
Obviamente, que en este tema, como en tantos otros, no es bueno generalizar. Pero, si lo pensamos desde esta expresión, para que uno pueda tomar la decisión de “estar solo”, necesitaría, previamente, enfrentar lo que implica la soledad.
No es solamente el hecho de estar solo. Muchas veces uno puede, incluso estando acompañado, sentir una profunda sensación de soledad. Enfrentar la soledad implica necesariamente enfrentarse con uno mismo. Implica conocer sus virtudes, pero también sus defectos, aquellas miserias y aspectos más oscuros de nuestra personalidad. Enfrentar cierto nivel de angustia que puede asociarse con ciertas pérdidas vividas y poder superarlo. Poder reconocer estos aspectos y, fundamentalmente, aceptar aquellas cosas de nuestra propia vida, incluso de nuestra propia historia que no nos permiten estar bien con nosotros mismos.
Aquel que no pueda enfrentar esta soledad, seguramente, aceptará estar “mal acompañado” con todo lo que esto implica. El hecho de aceptar una compañía que no nos brinde precisamente todo eso que necesitamos, pero que nos dé una seudosensación de tener alguien que nos ayude o que nos apoya, a la larga lo que hace es generarnos una angustia mayor.
Pero claro, tenemos el consuelo de estar con otro que está cerca, disimula la sensación de soledad. La presencia de esta persona puede ocultar muchos aspectos que la soledad pone en evidencia. El sostenimiento de la relación se asume precisamente para no estar solo, hasta que la relación comienza a desgastarse y entra en un círculo peligroso: no puede estar sin el otro pero tampoco puedo estar con él.
Para que una pareja alcance el amor maduro, no basta con el amor, es necesario que cada uno aporte a la relación su propia madurez y su compromiso. El miedo a la soledad nunca es buen consejero. Por el contrario, se puede generar una relación de suma dependencia en donde es difícil que se alcance la madurez del amor a pesar el sentimiento que los una.
El amor maduro no se da ‘porque sí’: “se construye entre dos personas afines y maduras que se conocen y se aceptan como son. Se afianza con el servicio, con el constante deseo de darse sin condiciones, y crece permitiéndole a ambos independencia, libertad, autonomía”.[1] Si cada uno aporta seguridad, confianza, respeto y la pareja se retroalimenta en la comunicación y la ayuda mutua, el logro de la madurez se dará naturalmente. Si la pareja busca la madurez, alcanzará la felicidad.
Si, por el contrario, lo que cada uno aporta es miedo a la soledad e inseguridad, el resultado será una relación de dependencia, que se alejará cada vez más de la felicidad. Por lo tanto, cabe la reflexión final: ¿Es preferible estar mal acompañados para evitar estar solo?  


[1] SÁNCHEZ, CARLOS CUAUHTÉMOC. Juventud en Éxtasis. Ediciones Selectas Diamante. 1994. Pág. 88.

miércoles, 9 de enero de 2013

Decálogo del Aprendizaje de Valores

1.- Enseñar con el ejemplo, más que con las palabras
2.- Promover el descubrimiento de los beneficios de vivir los valores
3.- Mostrar las dificultades que se pueden presentar al vivir los valores
4.- Sólo se enseñan desde la convicción y la pasión por lo que se enseña
5.- Los valores no son sólo teorías, hay que bajarlas a la realidad
6.- A partir de los anti-valores, también se pueden aprender los valores por confrontación
7.- Los valores no se pueden vivir solo, necesitamos de la compañía de otros que compartan los mismos valores
8.- Los valores surgen desde la libertad, nadie puede imponer a otro vivir en valores
9.- Es necesario sostener los valores más allá de los obstáculos que se puedan presentar
10.- El desafío es vivir los valores, allí encontraremos la verdadera FELICIDAD.

martes, 30 de octubre de 2012

¡Dónde dos no quieren…uno no puede!

       Parafraseando un dicho popular, quisiera reflexionar sobre el proceso de ruptura de una pareja. Está expresión hace referencia al momento en donde uno se da cuenta que está poniendo todo de sí para llevar adelante un proyecto de vida en común, mientras que la pareja es un mero espectador. No es fácil llegar a tomar la decisión que un proyecto que se construyo de a dos, por la decisión de uno, no pueda continuar.
Las razones para cortar con una relación amorosa son variadas y plagadas de distintas situaciones. No es mi intención detenerme en su enumeración. Tampoco creo que sea posible. Donde sí me quiero detener a reflexionar es el proceso de ruptura que se da cuando uno de los dos quiere construir ese proyecto en común y el otro no.
En el comienzo de una relación amorosa[1] se dan distintas instancias hasta que llega el momento de construir un proyecto que involucra a ambos. Es lógico pensar que en este proceso se tiene que dar una cierta sintonía en ambas personas. Que sea lógico no garantiza que efectivamente suceda así. El proceso es dinámico y puede ser que uno se adelante, mientras que otro, nunca llegue. En ese caso, la ruptura será cuestión de tiempo.
En general, son muchas las instancias previas donde se van tratando de pulir las asperezas que se presentan en una relación de pareja. Complementar similitudes y diferencias no es tarea fácil. Lleva tiempo, diálogo, encuentro y, sobre todo, reciprocidad. Si en la relación de pareja los esfuerzos no son parejos, no llegarán muy lejos y llegará el momento de tomar una decisión.
Hay dos situaciones que se desprenden de la frase que quisiera puntualizar. En la primera, puede suceder uno “quiera” y el otro no. Puede suceder que uno este sintiendo un amor maduro, sólido y comprometido, y otro un simple afecto, cariño o bienestar. En la segunda, frente a los obstáculos que se puedan presentar, puede ser que uno “quiera” superarlo y el otro no. Puede suceder que uno ponga todo el esfuerzo y el sacrificio para solucionarlo, mientras que el otro se convierta en una carga, un peso, un lastre.
Entonces, uno tendrá que tomar una decisión. El otro, ya la tomo, “no quiere” seguir con la relación ni desde lo afectivo y ni el esfuerzo. No hay amor verdadero. Tal vez, nunca lo hubo, solo palabras bonitas y algún gesto de cariño. En cuanto podemos identificar esta situación, no es bueno postergar la decisión. Cuanto más se postergue más doloroso será.
A partir de esa decisión, comienza un proceso difícil de sobrellevar, tan difícil como afecto se puso en juego. A mayor AMOR, mayor DOLOR. Podemos comparar la decisión de romper con ese proyecto en común, como un proceso de duelo. Salvando las diferencias, aquí no murió nadie pero llegó a su fin un proyecto de dos.
Generalmente, la negación fue la última etapa vivida en la pareja. Muchas veces, amigos y familiares, fueron dando muestras que la relación no tenía futuro. La negación, como mecanismo de defensa, permitía que uno siguiera adelante con la pareja. Cuando la negación cae, la decisión llega.
Por lo tanto, la primera etapa está signada por la bronca y el enojo. Incluso, es tanta la bronca que se oculta nuestro afecto hacia esa persona. Pasamos, rápidamente del AMOR al ODIO. Si nos dejamos llevar por ese enojo, seguramente nos arrepentiremos de lo hacemos en ese estado. Lo peor, que en cuanto nos descuidamos, el Amor vuelve a surgir y nos vuelve a confundir. Entonces, ¿donde uno quiere, dos pueden? Evidentemente, no.
Casi sin darnos cuenta se puede entrar en etapa de negociación donde, confundidos por el afecto, se intenta retomar el proyecto frustrado. Pero si el otro solo viene con promesas y “buenas intenciones” pero si el deseo profundo de cambiar, tarde o temprano, nos daremos cuenta que: “Donde dos no quieren…uno no puede”.
En algunos casos esta etapa puede estar presente o se pasa directamente a la siguiente. La angustia se hace presente al darse cuenta de lo que sucedió, que no hay vuelta atrás, y que el proyecto llegó a su fin, el dolor se hace presente con suma intensidad. Las lágrimas no nos permiten ver con claridad. La compañía de nuestros seres queridos, la continuidad de nuestras actividades y la resignación de lo vivido nos permitirá llegar a la última etapa.
A veces, el camino no es recto, y solemos retroceder etapas, vuelve el enojo y la bronca, o se buscan culpables, o se siente una terrible culpa. Se inventan excusas y justificativos para no aceptar que el otro no quiere y que, tal vez, sea posible si uno puede. Al poco tiempo, tropiezos mediantes, las excusas cae y los justificativos se vuelven injustificables.
El tiempo de todo este proceso depende de cada uno. No se puede hablar de días o meses establecidos como una fecha de vencimiento. Es un proceso, y como tal, depende de cómo uno lo vaya viviendo. Pasado el tiempo de mayor dolor, comienza la etapa de aceptación.
Esto nos permitirá cerrar esta relación de tal manera que podamos estar abiertos, nuevamente, a conocer a otra persona y establecer un nuevo vínculo. No se trata de negar la relación anterior, ni olvidar a esa persona. Por el contrario, rescatar todo lo aprendido de esa experiencia permitirá encarar una nueva relación fortalecidos por la anterior. Y, sobre todo, darnos cuenta que “Donde dos no quieren…uno no puede”. Por el contrario, Donde dos quieren todo se puede.